domingo, 6 de noviembre de 2011

El Riachuelo, un zombie del sistema

Silvana Melo (APE)

Cuando, arrasado por la sífilis, Pedro De Mendoza decidió que la ciudad debía nacer en los bañados del Riachuelo, pensó en un puerto. No hay ciudad viable sin puerto. No habría Buenos Aires sin Riachuelo. Los pibes que nacen y crecen respirando veneno, corriendo una lata en el patio del infierno, en el pedacito podrido de país que les tocó, no saben de los cálculos fallidos del fundador. Ni de los 200 años de tortura y muerte a las que fue sometido el pequeño río, en el relato de alucinación de Antonio Elio Brailovsky.

La cuenca Riachuelo-Matanza cruza catorce municipios arrastrando la contaminación más alta del país. La rodean doce mil industrias y trece villas y asentamientos con cinco millones de gentes respirando plomo, cadmio y basura, bebiendo mercurio y cromo, amputándose el futuro que queda tan cortito, como la hierba que ya no crece más.

La clausura de Carrefour, ahí no más del retazo del Riachuelo que cruza el Puente Bosch, se vendió como una corajuda disputa a los bravos poderes económicos. El hipermercado arrojaba residuos contaminantes al Riachuelo con un efecto de tanta gravedad como pinchar a un cadáver con un alfiler.

En 2008 la UIA había pedido el desalojo de las casas de lata que habían levantado los expulsados de la tierra a la vera de la podredumbre, demasiado cerca de la entrada del hiper. Es el contraste brutal que ha signado la crónica del Riachuelo. Y que ha marcado a fuego la historia del país. El desarrollo industrial aluvional que drena sus desperdicios –químicos y humanos- en el cauce de agua espesa y verde.

Tarde, casi cuando ya no se vuelve de la muerte, la Corte Suprema conminó, en un fallo de 2008, al inmediato saneamiento del Riachuelo. Provincia, Nación y Ciudad se calzaron las ropas de la ejecutividad y con las siglas de ACUMAR armaron la vidriera de la eficiencia. El Riachuelo es una alquimia azul verdosa de fosforados y basura pre-histórica en la que será una quimera reencontrar atisbos de agua. Y es una sinopsis de la la desidia y la perversidad del poder, del capitalismo de entrañas abiertas. Desde que en la historia pre Mayo Carlos V dispuso que todas las industrias del Nuevo Mundo debían instalarse aguas abajo de las ciudades. Es decir, del Riachuelo hacia el sur. Saladeros, curtiembres, mataderos, vertieron en los bajos sus arroyos de sangre, carne, huesos y esclavos negros contagiados de viruela. Otros esclavos –los fugados- se escondían en sus pajonales, ensangrentados y encascarados de moscas.

A mediados del siglo XIX, dice Brailovsky que dijo Guillermo Hudson, Buenos Aires era “la ciudad más pestilente del globo”. Y se hizo cargo al pesado Riachuelo, rojo y marrón en su lecho engordado de pasta orgánica, de la fiebre amarilla, el cólera y toda peste que husmeara las incipiencias del Puente Bosch. El mismísimo Alberdi ya pedía a gritos que el puerto se mudara a otra parte. Un siglo y medio después, en Villa Inflamable la mitad de los niños tienen plomo en sangre. Diecisiete sustancias tóxicas los acompañan en la sobrevida diaria, en el potrero y en las toses de la madrugada.

Cuando ya el Riachuelo estaba casi muerto por la contaminación orgánica, la alegre comparsa de la industrialización aportó las maracas de la contaminación química. Y el tercer milenio extendió el certificado de apocalipsis.

El Puente Bosch se inauguró en 1908, levadizo y metálico. Antes de ser techo de los envenenados por la historia, de los descartados del sistema, se tragó entero a un tranvía de la línea 105 que no lo vio levado y cayó en las aguas muertas. Casi sesenta obreros se llevó el riacho embrujado en el que Carrefour tira a escondidas líquido contaminante, igual que las doce mil industrias del alrededor.

El Polo Petroquímico de Dock Sud –del que la Corte pidió la reconversión industrial y relocalización- es el verdugo de Villa Inflamable. Nombre combustible desde la amarga ironía.

Los niños de la Villa, expuestos al plomo, al benceno, al tolueno y al cromo, crecen menos, pierden capacidad de comprensión, convulsionan, les duele la cabeza, se les deforman las piernitas. El fin del mundo en el que viven les tala el futuro al ras. Les arranca la igualdad de oportunidades, los deja atrás, furgón de cola social, sin acceso a la educación ni al trabajo de mínima calificación. Los descarta, definitivamente.

Los pibes que se criaron en Puente Bosch o en El Pueblito, respirando la ponzoña cenagosa del río, llevan en su piel la ventisca de los basurales, el cromo, el mercurio y el cadmio de la vertiente industrial, todos cancerígenos y generadores de daños neurológicos.

La mitad de los niños de Villa Inflamable –según la medición de la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA)- tiene plomo en sangre. El plomo “afecta al sistema nervioso, disminuye el coeficiente intelectual, produce abortos espontáneos, cefaleas y convulsiones”. El 88 por ciento de los chicos encerrados en la nube tóxica del Polo Petroquímico presentó presencia de tolueno en su sangre. El tolueno “afecta el desarrollo de embriones y fetos humanos, altera el sistema nervioso, produce debilidad y pérdida de memoria”.

“Son víctimas de desgracias ambientales, económicas y políticas que ellos no han producido. Sus complicadas vidas ilustran los efectos devastadores que la contaminación ambiental tiene en los jóvenes cuerpos y mentes de los habitantes de Villa Inflamable. La suya es una historia, similar a la de otros territorios de relegación urbana, de cruda necesidad económica que surge de la erosión del trabajo asalariado y de un Estado que, en términos prácticos, los ha casi abandonado”, escribieron Débora Swistun y Javier Auyero.

A casi 500 años de un Pedro de Mendoza con el cerebro comido por la sífilis, que –dicen sus revisionistas- quiso fundar una ciudad sobre el barro flojo del Riachuelo, a dos siglos y medio de que los cueros de las curtiembres se mezclaran con el cuero de los esclavos en el lecho del río, a menos de cien años de la génesis del Polo Petroquímico que corta la piel y quita a los niños la capacidad de comprender, el Riachuelo cargado como un brazo tóxico está muerto. Y resiste, como zombie anárquico del sistema.

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