jueves, 1 de diciembre de 2011

La crisis histórica abierta en Europa

Jesús Sánchez Rodríguez (CEPRID)

Mi artículo anterior sobre las consecuencias del proyecto de Papandreu de celebrar un referéndum en Grecia y su retirada por las presiones del tándem Merkel/Sarkozy condensaba en su título el significado de ese momento histórico “Los mercados derrotan a la democracia en Europa y abren una crisis histórica”.

En los pocos días transcurridos desde entonces, la aceleración de los acontecimientos han venido a confirmar las predicciones pesimistas que se adelantaban, y que refuerzan las tendencias emergentes durante la crisis europea desde su inicio. Estas tendencias principales son tres y están estrechamente relacionadas entre sí. El desmantelamiento del Estado de Bienestar mediante una ofensiva profunda contra las clases populares. El ascenso de posiciones populistas y de extrema derecha, cabalgando sobre la angustia generada por la crisis, la visión de un futuro sombrío y la ausencia de un proyecto alternativo creíble. Y la suspensión de la democracia como un obstáculo para la gestión de los problemas que enfrentar en Europa.

Estas tres tendencias se sustentan, a su vez, en las profundas transformaciones históricas acontecidas en las últimas décadas: La debacle del comunismo eurosoviético y la deriva capitalista de China, que ponían el broche al hundimiento de una alternativa histórica al capitalismo y sitúan a las clases populares, enfrentadas a la crisis más importante en la existencia del capitalismo, en una posición de extrema debilidad. La extensión de la globalización, con su significado de la ampliación mundial del capitalismo a extensas zonas del planeta como la Europa oriental, el espacio de la antigua Unión Soviética, China y otras partes del sudoeste asiático y África; a la vez que la deslocalización de las industrias del mundo desarrollado a estas nuevas zonas, caracterizadas por la ausencia de Estado de Bienestar o de derechos sindicales, lo cual ha producido una competencia a la baja de las condiciones sociales y laborales de la clases trabajadoras. El ascenso de nuevas potencias emergentes que ponen en causa el anterior reparto orden mundial dominado por la tríada de EEUU, Japón y Europa occidental. El dominio del neoliberalismo como ideología y práctica prevaleciente en las nuevas condiciones establecidas desde finales de los años 80 del siglo XX. Y la extensión de la Unión Europea, en un proceso dominado por el neoliberalismo y con un componente democrático cada vez más marginado.

Las clases dirigentes europeas habían diseñado una integración económica sobre bases neoliberales a la vez que habían deslocalizado gran parte de su tejido productivo hacia áreas donde una tasa de explotación superior incrementaban sus beneficios sustancialmente. El problema, tarde o temprano, se plantearía sobre el desmantelamiento del Estado de Bienestar en Europa. En un mundo globalizado y competitivo en el que dicho estado de Bienestar europea aparecía cada vez más como una flor exótica, la duda de la burguesía europea era sobre el momento de iniciar la ofensiva desmanteladora. La crisis ha ofrecido la ocasión perfecta porque permitía las condiciones necesarias para ello, tal como ha demostrado Noami Klein en su obra “La doctrina del shock”.

El problema se situaba entonces en el manejo de las intensas convulsiones sociales y políticas que acompañarían a dicho proyecto. Las convulsiones sociales han tenido dos escenarios principales, hasta ahora, en Europa, especialmente el griego, y luego el desarrollado en Francia durante el otoño de 2010. Las convulsiones políticas han llevado al ascenso del populismo y la extrema derecha, al recambio de numerosos gobiernos, al aumento de las tensiones entre las burguesías europeas, y al hundimiento de la socialdemocracia europea. Este último efecto es una preocupación menor para las clases dominantes europeas. Evidentemente prefieren tener opciones política de recambio comprometidas con sus proyectos, en caso de necesidad de alternativa gubernamental por desgaste de los gobiernos conservadores, pero la alternativa preferida va por otro lado, como se ha puesto en evidencia en esta última semana.

El ascenso de los populismos y la extrema derecha puede tener ventajas para las clases dirigentes europeas en cuanto sirvan para canalizar el descontento popular por caminos diferentes de una alternativa de izquierdas e, incluso, para enfrentar la contestación social que se produzca; pero, indudablemente, tiene graves inconvenientes, puesto que los populismos de derecha o extrema derecha son, entre otras cosas, virulentamente nacionalistas, y pueden poner en riesgo el proyecto europeo de la burguesía, al menos en su núcleo central europeo, sin el cual va a ser más difícil su existencia en un mundo dónde nuevas potencias emergentes intentan arrinconarlas a un papel marginal en el nuevo capitalismo global.

Las tensiones entre las burguesía europeas, puestas en evidencias en las continuas cumbres y reuniones que han celebrado, tiene su causa en la falta de acuerdo sobre el nuevo diseño de la integración económica europea acorde con las nuevas circunstancias planteadas por la crisis. La crisis supone una oportunidad para las burguesías europeas para llevar a cabo el desmantelamiento del Estado de Bienestar, pero indudablemente es un escenario lleno de peligros e incertidumbres del que podría salir derrotada y marginada si no es capaz de manejar las tensiones existentes. Y es en estas circunstancias que las instituciones oficiales europeas han pasado a tener un papel de comparsas frente a la dirección de la crisis y el rediseño del proyecto europeo por el tándem Alemania/Francia. Las instituciones europeas, como la democracia, son estorbos, en estas circunstancias, que son apartados a la vitrina de objetos decorativos.

Pero son las tensiones sociales el elemento más preocupante para las burguesías europeas. Hasta ahora habían sido más o menos manejables. Los sindicatos han mantenido, en general, un nivel de contestación bajo. Y otros fenómenos contestatarios, como el movimiento de los indignados, podrían ser utilizados como válvulas de escape si no tenían consecuencias políticas (como va a ser demostrado en España, cuna del movimiento, con la espectacular victoria electoral de los conservadores), no conectaban con la clase trabajadora y sus manifestaciones callejeras se mantenían dentro de los parámetros aceptables en los regímenes demo-liberales.

En Francia, los sindicatos habían demostrado su capacidad de movilización, pero también los límites hasta dónde estaban dispuestos a llegar. La aprobación del proyecto de ley de la jubilación en el Parlamento puso fin abruptamente a la contestación sindical. Pero Grecia era otra cosa, la rebelión social continua no tenía aspecto de remitir y era necesaria profundizar en las medidas antipopulares. Era el eslabón débil en el proyecto de las burguesías europeas. Cabía expulsarla del euro y de la Unión Europea y que resolviese de manera aislada sus problemas sociales, económicos y políticos. Pero los costes podrían ser muy elevados para Europa en el aspecto financiero (bancarrotas bancarias, mayores ataques especuladores y nuevas crisis de la deuda soberana) y político (pérdida de credibilidad del proyecto europeo, desconfianza generalizada, etc). El empate catastrófico en Grecia entre la rebelión social y los planes antipopulares de Bruselas lo pretendió resolver Papandreu con su propuesta de referéndum y con ello abrió una crisis de consecuencias históricas, como apuntábamos en el artículo anterior, cuando el tándem franco-alemán resolvió humillar a Papandreu y Grecia, imponiendo primero la retirada del referéndum y, luego, un gobierno de concentración nacional presidido por un tecnócrata al servicio de las grandes instituciones financieras internacionales (lo que incluye sus instrumentos operativos como el FMI, Bruselas, las agencias de calificación, etc). Este nuevo gobierno expresa claramente los objetivos de las burguesías europeas: integrar a socialdemócratas, conservadores y extrema derecha bajo la dirección de un tecnócrata para enfrentar la rebelión social griega. Estas decisiones significaban la oficialización de la nueva línea política que se abría en Europa con la que pilotar el proyecto de desmantelar el Estado de Bienestar y redefinir el futuro perfil de la Unión Europea. Control de la inestabilidad política mediante gobiernos de concentración nacional, con carácter técnico si las clases políticas de cada país no son capaces de llegar a acuerdos en su seno. Enfrentamiento de la contestación social a través de dichos gobiernos de concentración. Marginación de las instituciones formales y legales europeas y nacionales a través de la dirección franco-alemana y de los gobiernos de concentración. Marginación de los procesos democráticos al mínimo imprescindible - y solo cuando los resultados sean predecibles y controlados - para legitimar las líneas ya decididas. Las burguesías europeas no están dispuestas a correr riesgos como la derrota de su proyecto de Constitución europea.

La reforma constitucional en España, impuesta por Bruselas, fue un adelanto de gobierno de concentración y aplicación de métodos antidemocráticos. El rechazo del referéndum griego y su posterior gobierno técnico de concentración fue la oficialización de la nueva política. El siguiente gobierno técnico de concentración en Italia será su continuación.

Como decíamos en el artículo anterior, se ha abierto una crisis histórica en Europa.

Jesús Sánchez Rodríguez es doctor en Ciencias Políticas y Sociología.

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