miércoles, 26 de septiembre de 2012

Estados Unidos: Paradojas de la fe

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Con la población más militantemente religiosa de occidente, un país en el cual los presidentes juran sobre la Biblia y los políticos hacen constantes invocaciones a Dios, Estados Unidos es donde el Estado y la ley son más definidamente laicos. Aunque ser antirreligiosos no es un defecto que caracterice a los norteamericanos, la actitud ante la fe musulmana hace una diferencia.

Todo comenzó allá por 1095 con la primera Cruzada que abrió un largo período de sanguinarias guerras de conquista protagonizadas por el papado y las monarquías europeas contra los pueblos del Medio Oriente. Es cierto que entonces no existían los Estados Unidos pero si la Cristiandad. A los remanentes de los rencores sembrados entonces, en los últimos 60 años se han sumado desencuentros y agravios mutuos que aunque ajenos a la fe, suman tensiones.

Pueden citarse entre muchos el conflicto árabe-israelí, del cual Estados Unidos es eje, la mala prensa por los secuestros aéreos y otros actos violentos realizados en el pasado por organizaciones palestinas, el apresamiento de los rehenes norteamericanos en Irán en 1979, el atentado al Vuelo 103 de Panamerican por militantes libios en 1998, la Guerra del Golfo (1990), el atentado del 11/S y el debate en torno al programa nuclear iraní, que han servido de caldo de cultivo a la islamofobia que ha penetrado a importantes sectores de la sociedad y a algunos círculos de poder de los Estados Unidos.

Si bien en la Declaración de Independencia norteamericana (1776) hay referencias sesgadas a Dios y al Creador, ellas forman parte de los argumentos asociados a las luchas por la libertad y de ninguna manera indican afiliación ni compromiso con religión alguna. En Aquel texto puede leerse.

“Nosotros los representantes de los Estados Unidos de América, reunidos en el Congreso General, acudimos al juez supremo del mundo para hacerle testigo de nuestras intenciones…Y para robustecimiento de esta declaración confiados a la protección de la providencia divina, empeñamos, unos y otros, nuestra vida, nuestra fortuna y nuestro honor”.

Obligados a mayor precisión, por ser un documento jurídicamente normativo, los redactores de la Constitución fueron explícitos:

“…Los senadores y representantes…los miembros de las Asambleas Legislativas…, así como todos los funcionarios ejecutivos y judiciales, tanto de los Estados Unidos como de los diversos Estados, se comprometerán bajo juramento o promesa a sostener esta Constitución; pero no existirá requisito religioso alguno para desempeñar ningún cargo o empleo, retribuido o de confianza, bajo la autoridad de los Estados Unidos”.

Por otra parte, la Primera Enmienda establece con toda claridad el equilibrio entre la libertad de culto y el laicismo oficial: “El Congreso no aprobará ninguna ley con respecto al establecimiento de religión alguna, o que prohíba el libre ejercicio de la misma…”

Es conocido que el rotundo rechazo de los fundadores del Estado de la Nación y la identidad norteamericana al status político vigente en la Europa monárquica, los hizo renegar de la herencia política, social y económica del Viejo Continente, cosa que incluyó la aversión a la intromisión de la religión en la política. De ahí el laicismo incorporado a las esencias del sistema político estadounidense.

Si bien existen más evidencias documentales sobre el laicismo, el agnosticismo, incluso el ateísmo de los fundadores del Estado y de la Nación estadounidense que de su religiosidad, no hay en la Declaración de Independencia ni en la Constitución una sola palabra en defensa de los no creyentes (categoría de reciente factura) y que en Norteamérica es políticamente suicida.

El hecho de que los estadounidenses eligieran y probablemente ratifiquen a un presidente negro, hijo de emigrante en primera generación, con nombre y apellidos musulmanes: Barack Hussein Obama debiera significar algo. En cuestiones de religión como en otras esferas, los Estados Unidos son una rareza. Quedo en deuda para otras entregas. Allá nos vemos.

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