lunes, 21 de enero de 2013

Argentina: Anatomía del kirchnerismo (Parte III)

Claudio Katz (especial para ARGENPRESS.info)

El enojo elitista de la derecha

La derecha acompañó la reconstrucción kirchnerista del estado, pero posteriormente se embarcó en una confrontación frontal con el gobierno. Esta oposición no se limita a la esfera retórica o cultural. Cuestiona el modelo neo-desarrollista a favor de un esquema neoliberal proclive al endeudamiento externo, la apertura comercial y el recorte del gasto social. (12)

Los conservadores utilizan descaradamente los medios de comunicación para difundir engaños que superan todo lo imaginable. En su campaña por impedir la aplicación de la ley de comunicación audiovisual restauraron un tono de revanchismo ideológico gorila que parecía perimido. Presentan las normas de desinversión anti-monopólicas como atropellos a la libertad de prensa y celebran la complicidad de los jueces con las grandes empresas, como actos de independencia republicana. Con la misma impudicia defienden los privilegios de los altos magistrados.

También esgrimen el fantasma de la “chavización” del gobierno, como una desgracia de consecuencias irreversibles. Retoman el lenguaje infantil de la guerra fría para advertir contra el contagio bolivariano y por eso vivieron el último triunfo electoral de Chávez como una derrota en casa. (13)

Los derechistas omiten que Argentina ya vivió el escenario venezolano hace sesenta años. También silencian la total lejanía de Cristina hacia los ideales socialistas del chavismo. Sus campañas apuntan a generar un giro de la política exterior. Rechazan el anti-golpismo regional del oficialismo (en los casos de Paraguay y Honduras), el sostén latinoamericano de la demanda por Malvinas y la negociación directa con Irán por el atentado en la AMIA.

Entre el 2009 y el 2011 los conservadores fantasearon con el declive del ciclo K. La reciente irrupción de los caceroleros reavivó esta expectativa, creando el mundo invertido de aristócratas que ponderan la movilización callejera. Los adalides de la pasividad política y la representación indirecta han descubierto el valor de llenar una plaza, cuando las demandas son regresivas.

Los fanáticos voceros de la mano dura ahora solicitan “diálogo” y objetan las confrontaciones que “dividen a la sociedad”. Pero ni siquiera consideran la posibilidad de atenuar estas fracturas reduciendo la brecha entre ricos y pobres. Se lamentan de la polarización que ellos mismos alientan, al incentivar políticas de creciente desigualdad social.

Algunos exponentes extremos de la derecha identifican al gobierno con el fascismo (Carrió, Aguinis) y acusan al oficialismo de propiciar saqueos con sus prácticas de violación de la propiedad privada (Pagni, Morales Solá). Como estos delirios tienen escasa receptividad, los conservadores apuestan a extender la despolitización que encarna Macri. Con ideologías de consumo, estéticas de festejo y figuras de la farándula, el PRO ha logrado cuatro victorias electorales consecutivas en la Capital Federal.

Los derechistas también retoman el libreto tradicional del liberalismo para denigrar al populismo. Alertan contra los líderes carismáticos que hipnotizan al pueblo, violan el orden, prolongan mandatos, aplastan las minorías y desconocen los valores del Centenario. (14)

Son las mismas quejas que la elite dominante exhibió frente a cada desafío a su poder. Suponen que el rumbo del país debe ser invariablemente dictado por los editoriales de La Nación, las pastorales de la Iglesia, los estilos de la Recoleta y las ferias de la Sociedad Rural. Ejercieron esa supremacía desde el siglo XIX con sus socios militares, se reciclaron con los conservadores de la UCR y recobraron influencia con Menem. Ahora reclutan figuras para restaurar esa primacía.

Hipocresías republicanas

Los políticos de la UCR quedaron traumatizados por el colapso del 2001 y no asomaron la cabeza durante el debut del kirchnerismo. Volvieron en los últimos años con críticas al populismo muy semejantes al recitado derechista. Despotrican contra “las restricciones a la libertad de prensa”, como si el país estuviera acosado por una persecución totalitaria, o sometido a la oleada de asesinatos de periodistas, que se registra en México u Honduras. Acompañan desde Parlamento todas las campañas que promueve Clarín y apoyan a los caceroleros.

Algunos intelectuales objetan especialmente la renovada reivindicación de las Malvinas. Propician la conveniencia de negociar con los Kelpers reconociendo su derecho a la auto-determinación (15). Repiten exactamente el planteo que esgrime Gran Bretaña para justificar su ocupación colonial. El menemismo ya intentó transitar ese camino de renuncia a la soberanía, buscando compartir la explotación de los recursos isleños.

Los cuestionamientos al gobierno se desarrollan ensalzando el ideal republicano, la división de poderes y la independencia de la justicia. Estas banderas son flameadas por escritores provenientes del radicalismo (Gregorich), del Club Socialista (Sarlo, Romero), de las Ciencias Políticas Convencionales (Palermo, Novaro) y del periodismo liberal (Eliashev). A veces logran sumar también a demócratas de izquierda (como Gargarella).

Pero no es fácil impugnar al oficialismo rescatando trayectorias anti-peronistas. La historia de la UCR es un almacén de complicidades con los oligarcas y dictadores que gobernaron mediante la represión y la proscripción. Basta recordar los crímenes de la Patagonia, la presidencia de Alvear o las matanzas de la Libertadora. La idolatría del constitucionalismo también propicia la amnesia con el desastre ocurrido hace pocos años con De la Rúa.

Hay mucha hipocresía en las objeciones al corporativismo, al clientelismo y a los punteros, que se formulan desde la tradición radical (16). Todos los presidentes, gobernadores e intendentes de esa vertiente amoldaron sus formalismos republicanos a las restricciones impuestas por el poder militar, empresario o mediático de turno. También es falso responsabilizar exclusivamente a la doctrina peronista de la comunidad organizada por las experiencias reaccionarias vividas por el país (17). Las teorías liberales tuvieron mayor gravitación en esas pesadillas.

Estos encubrimientos se exponen idealizando la figura de Alfonsín, como si el Punto Final, la Obediencia Debida, el sometimiento al FMI y los ajustes para pagar la deuda fueran acciones de otro presidente. Los críticos del relato oficial construyen una epopeya menos creíble de lo ocurrido durante los años 80.

Los cultores de la república comparten con la derecha la aversión a cualquier forma de participación popular activa. Conciben el funcionamiento de las instituciones republicanas como un antídoto de la democracia efectiva. Por eso realzan el manejo minoritario y cerrado del poder en la justicia o el Banco Central.

Últimamente también recelan del propio sufragio, sugiriendo que el condicionamiento estatal quita legitimidad a los comicios bajo los regímenes populistas (18). Pero los condicionamientos que denuncian siempre se limitan a las acciones del estado. Nunca incluyen influencias más significativas, como el financiamiento privado de los partidos por parte de grandes empresas. Estas firmas siempre distribuyeron su chequera entre el PJ y la UCR.

Las afinidades de los ex alfonsinistas con la derecha se consolidaron en la última década. La desintegración del Club Socialista, el declive del FREPASO y el estallido de la Alianza indujo al abandono de los proyectos de modernización socialdemócrata y al reencuentro con todos los mitos del elitismo liberal. (19)

En ese ambiente predomina actualmente un clima de fastidio y desmoralización ante la continuidad del ciclo K. Este período se ha extendido con escasas probabilidades de retorno a la vieja alternancia bipartidista. Por eso despotrican amargamente contra una idiosincrasia nacional teñida de autoritarismo y contaminada de populismo. (20)

Para superar esos atavismos los amantes de la República han montado una campaña contra la re-reelección, junto a sus aliados del reconstituido Grupo A. Defienden con fervor la Constitución actual, como si no hubiera brotado del espurio pacto de la UCR con el PJ que habilitó la reelección de Menem.

Ese contubernio se ubicó en las antípodas de los cambios constituyentes progresistas implementados en América Latina en la última década. Al país no le vendría mal sumarse a esta oleada, introduciendo modificaciones que renacionalicen la propiedad del subsuelo, amplíen los derechos sociales e introduzcan normas de democracia semidirecta y protección al medio ambiente.

Como se demostró además en el caso de Chávez, una sucesión de mandatos puede cumplir un papel muy progresivo para lucha social y antiimperialista. Pero los liberal-republicanos no sólo repudian ese antecedente. Presentan al presidente que más reafirmó su legitimidad en incontables comicios, como un prototipo de déspota autoritario.

Las reelecciones presidenciales deben juzgarse como problemas políticos concretos y no como dilemas de formalismo constitucional. Sólo desde esta óptica es válida la crítica a un nuevo mandato de CFK que no favorecería el desarrollo de un proceso progresista.

Institucionalidad conservadora

La centroizquierda anti-K conforma un heterogéneo conglomerado que tomó partido por los agro-sojeros en el 2008, presentando ese paro patronal como una resistencia de “pequeños productores”. Omitió que el grueso de esa franja no ha sido despojada -como los campesinos del MOCASE- por el avance de soja. Al contrario, son mayoritariamente segmentos capitalistas que han prosperado con ese cultivo y defienden sus privilegios impositivos junto a la Sociedad Rural, demandando la reducción de las retenciones.

La centroizquierda opositora absorbió posteriormente a sectores que se distanciaron del oficialismo, imaginando que los giros regresivos del gobierno comenzaron con su alejamiento de esa gestión. De esta variedad de procesos surgió un bloque político (Stolbizer, Milman, De Genaro, Donda, Tumini), que tiene eco intelectual en el grupo Plataforma. (21)

Todos los exponentes de este alineamiento pregonan alguna versión del republicanismo en boga. Ensalzan la institucionalidad denunciando el autoritarismo presidencial y tienden a vislumbrar al gobierno como una formación derechista, continuadora del neoliberalismo. Contraponen esta administración con el genuino progresismo que vislumbran en el PT de Brasil o el Frente Amplio de Uruguay.

Consideran que el gobierno es el enemigo principal a enfrentar con los aliados de la UCR y la Coalición Cívica. Por eso desarrollaron una campaña común contra la re-reelección. También brindaron su espaldarazo al cacerolazo, que reivindicaron como “parte de nuestra lucha” por su integración con “gente tan valiosa como otras gentes” (22). Ignoraron los propósitos derechistas de esa manifestación, como si repudiar el control de cambios fuera equivalente a objetar los impuestos al salario. Trazaron incluso analogías entre las cacerolas del 2001 y del 2012, cuando la actitud solidaria que exhibía ese sector hace diez años con los desocupados, no se extiende en la actualidad hacia el grueso de los empobrecidos.

La misma ceguera anti-oficialista se verificó en el apoyo al planteo salarial de la gendarmería. Al ponderar la “legitimidad” de esa demanda olvidaron la diferencia existente entre los reclamos de los represores y los trabajadores. El primer grupo defiende a palos el orden capitalista contra las protestas sociales y cuando se insubordinan crean situaciones potencialmente destituyentes (como se verificó en Bolivia o Ecuador).

El derecho a la sindicalización de estos sectores sólo sería positivo en situaciones de excepcional convergencia práctica con luchas populares. Este empalme requeriría, además, explícitas negativas a continuar la labor represiva. Ninguna de estas condiciones estuvo presente en el ultimátum de los gendarmes.

La estrategia centroizquierdista de confluir con la CC y la UCR preanuncia una reproducción de la fallida Alianza que sucedió al menemismo. Alientan una candidatura presidencial, que se ubica en casi todos los terrenos a la derecha del gobierno. Binner propone garantizar la estabilidad de las inversiones, propugna acordar con los Fondos Buitres y acompaña las peticiones de reconciliación de la Iglesia. Tampoco es casual su participación en las reuniones socialdemócratas internacionales que respaldaron el brutal ajuste de Grecia. (23)

Binner recuerda a De la Rúa no sólo por el tono aburrido y conservador de sus discursos. Ha demostrado su impotencia en el reciente escándalo de narco-tráfico policial en Santa Fe. El blanqueo de su gestión mediante contrapuntos con el modelo nacional es un artificio insostenible. Una provincia favorecida por los ingresos de la soja reproduce niveles de desigualdad social superiores al promedio.

La centro-izquierda anti-K desenvuelve también campañas positivas contra la mega-minería y la criminalización de la protesta. Pero estas acciones se promueven difundiendo verdades a medias. Las críticas habituales a la extranjerización, al pago de la deuda o la depredación del subsuelo omiten que los mismos cuestionamientos valen para el proyecto de Binner. (24)

El trasfondo de estos equívocos es la falsa presentación del gobierno de Brasil y Uruguay, como modelos de superación progresista del Cristinismo. Es la misma idealización que previamente expusieron los partidarios de imitar la Concertación de Chile. (25)

No es casual que las administraciones de Lula-Rousseff y Vásquez-Mujica sean tan elogiadas por el establishment. Se comportan como buenos alumnos del capital financiero y se han negado a implementar medidas democratizadoras. Por eso los neoliberales convocan al re-endeudamiento ejemplificando el curso seguido por esos gobiernos. En cualquier terreno de conquistas sociales o democráticas de la última década, Argentina se ubica muy por delante de sus vecinos.

En esos países se estabilizaron presidentes que defraudaron a la militancia, creando un clima de frustración, desmovilización y despolitización que no existe en nuestro país. Esta diferencia -registrada por todos los visitantes extranjeros de izquierda- es ignorada por el progresismo local.

Para eludir este reconocimiento se ha vuelto muy común objetar cualquier tipo de comparaciones regionales, resaltando las particularidades de cada país o gobierno. Pero estas especificidades nunca invalidaron los contrastes, especialmente cuando se utilizan las viejas nociones de izquierda, centro y derecha para ordenar el análisis. Estas categorías son indispensables para clarificar ubicaciones básicas. Los pragmáticos que declaran la obsolescencia de esos fundamentos -con apelaciones al “fin de las ideologías”- no han podido aportar ningún criterio sustituto.

Una formación más crítica de la centroizquierda anti-K como Proyecto Sur se distanció durante buena parte del 2012 de la ceguera de ese espacio y de su convergencia con sectores regresivos. Las acertadas posturas frente a YPF, la ley de Medios o el caso Ciccone indicaron, además, una estrategia de puentes hacia sectores críticos dentro del oficialismo, que podrían resistir la candidatura de Scioli. Pero estas inteligentes posturas se están diluyendo en una agenda de empalme con Binner, que conduciría a repetir conocidas decepciones.

Claudio Katz es economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).

Ver también:
- Argentina: Anatomía del kirchnerismo (Parte II)
http://www.argenpress.info/2013/01/argentina-anatomia-del-kirchnerismo_18.html
- Argentina: Anatomía del kirchnerismo (Parte I)
http://www.argenpress.info/2013/01/argentina-anatomia-del-kirchnerismo.html

Notas:
12) Por ejemplo: Szewach Enrique, “El verdadero milagro argentino” La Nación, 28-8-2012.
13) Oppenheimer Andrés La Argentina: ¿a contramano del mundo?, La Nación, 24-4-2012. Fernández Díaz Jorge, “El peligro de caer en un nacionalismo infantil” La Nación, 6-5-2012. Morales Sola Joaquín, “Kirchnerismo y chavismo”, La Nación, 9-10-2012.
14) Krauze Enrique, “Decálogo del populismo”, La Nación, 1-11-2012. Poli Gonzalvo Alejandro, “Los males del nacionalismo”, La Nación 2-5-2012. Sebrelli Juan José, “En Argentina son todos populistas”,www.iberoamerica.net/argentina/prensa 21-12-2012. Grondona Mariano, “¿Estamos los argentinos al final de un ciclo?”, La Nación 7-10-2012. Fraga Rosendo, “Gobiernos de doce años en América Latina”, La Nación 15-1-2012. Sirven Pablo, La Nación 27-12-201. Kovadloff Santiago, “La dramática encrucijada de la oposición” La Nación, 3-10-2012.
15) “Malvinas, una visión alternativa", Documento de 17 Intelectuales, La Nación, 21-2-2012.
16) Romero Luis Alberto, “En Argentina el estado funciona cada vez peor”, Clarín, 3-9-2012. También Sarlo Beatriz, “La filosofía del lenguaje K”, La Nación, 16-3-2012. Gregorich Luis, “La sombra del partido único”, La Nación, 11-10-2011.
17) Romero Luis Alberto, “La historia no se repite dos veces”, www.iberoamerica.net, 1-11-2011
18) Romero Luis Alberto, “La máquina de producir votos”, La Nación, 22-8-2012 Romero Luis Alberto, “Nuestra larga transición al autoritarismo”, Clarín, 6-12-2012.
19) Ver: “Club Socialista, En su vigésimo cuarto aniversario 1984-2008”, 26-02-2005 www.clubsocialista.com.ar
20) Fidanza Eduardo, “El destino circular de Argentina” La Nación, 29-12-2012. Fidanza Eduardo, “Un triunfo que sigue asombrando” La Nación, 19-8-2011. Romero Luis Alberto, “Democrático pero no republicano”, La Nación, 29-12-2011
21) Ver: Kordon Diana, Edelman Lucila, “Un debate necesario”, La Nación, 21-1-2012.
22) Tumini Humberto, “Para derrotar el objetivo de la re-elección”, Clarín 26-10-2012. De Genaro Víctor, “Distintas gentes pero un solo pueblo”, Clarín 22-9-2012.
23) Binner Hermes, “Todavía nos debemos una democracia adulta”, Clarín 12-12-2012
24) Un ejemplo Kordon Diana, Edelman Lucila, “Estrategias de dominación”, La Nación 30-8-2012.
25) Rodil Rodolfo, “Frente Amplio uruguayo: un ejemplo no K”, Clarín, 19-6-2012.

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