viernes, 5 de abril de 2013

La trasnacional farmacéutica Novartis pierde un juicio en la India

Alejandro Teitelbaum (especial para ARGENPRESS.info)

Pese al escándalo internacional que provocó el juicio de 39 transnacionales farmacéuticas contra el Gobierno de Sudáfrica por permitir la fabricación de medicamentos contra el SIDA a bajo precio, la transnacional farmacéutica Novartis se aventuró en un litigio similar contra la India en agosto de 2006, atacando la legislación de dicho país en materia de patentes ante un tribunal hindú, a fin de defender su monopolio sobre un medicamento contra la leucemia, el Glivec, cuya patente fue rechazada por la administración india por no considerarlo novedoso según los términos establecidos en la Ley de Patentes. La demanda de Novartis fue rechazada en sucesivas instancias de los tribunales hindúes y finalmente, a fines de marzo de este año, el Tribunal Supremo de la India rechazó definitivamente las pretensiones de Novartis.

El objetivo de Novartis iba más allá de hacer reconocer el brevet de Glivec. Su propósito era deslegitimar la norma existente en la ley de patentes de India que establece que las patentes solo pueden concederse para medicamentos que sean realmente innovadores.

El propósito de esta norma es impedir una práctica habitual entre las grandes trasnacionales farmacéuticas, que consiste en obtener patentes adicionales por mejoras aparentes en medicamentos que ya existen, extendiendo así el monopolio (y los elevados precios) sin que en cambio el paciente tenga ningún nuevo beneficio terapéutico.

Las compañías fabricantes de genéricos de India, han sido las mayores proveedoras de medicamentos para enfermedades como la leucemia, la tuberculosis y el SIDA, para quienes no pueden pagar los medicamentos patentados por las transnacionales farmacéuticas, mucho más más caros.

La diferencia de precio entre el fármaco genérico y el patentado es fundamental para las personas más pobres en todo el mundo, según Médicos sin Fronteras.

Dicha organización señaló que una terapia mensual con Glivec, conocido como "santo remedio" por los resultados en el tratamiento de formas letales de leucemia, cuesta 4.000 dólares, mientras que la versión genérica se puede comprar en India por 73 dólares.

Las transnacionales farmacéuticas defienden sus enormes beneficios con uñas y dientes, amparándose en las patentes o brevets.

La Organización Mundial de la Salud, que debería desempeñar un papel independiente y decisivo en esta cuestión tan importante, está demasiado comprometida con los grandes laboratorios farmacéuticos, como para creer en su objetividad. Su ex directora, Gro Harlem Bruntland, dijo en Davos el 29 de enero de 2001: "Debemos proteger el derecho de las patentes…La industria ha hecho un esfuerzo admirable para cumplir con sus obligaciones con sus donaciones de medicamentos y sus reducciones de precios". Y su director de gabinete explicaba esa profesión de fe por la necesidad de obtener financiación privada, pues los Estados les proporcionan pocos fondos, y de hacer buena figura ante Estados Unidos, que tiene los "cordones de la bolsa" mundial (Jean-Loup Motchane, Quand l'OMS épouse la cause des firmes pharmaceutiques, en Le Monde Diplomatique, julio 2002, p. 10).

No cabe duda pues, que la presencia de fuertes intereses privados afecta negativamente las políticas en materia de salud pública.

La industria farmacéutica es una de las más rentables, sino la más rentable de todas las industrias.

Según la revista Fortune de abril de 2003, entre las 500 empresas industriales estadounidenses más grandes, las de la industria farmacéutica aventajan de lejos a las demás en tres criterios de beneficios: 14,5% sobre el capital, o sea 6 veces la media de las 500 empresas, 17 % de beneficio neto sobre el volumen de negocios, esto es 5,5 veces la media de las 500 empresas y el beneficio de las acciones alcanza el 27,6%, 3 veces más que la media de las empresas citadas por Fortune (1). Además la industria farmacéutica tiene otras ventajas financieras: en Estados Unidos, sede de varias de las mayores transnacionales farmacéuticas, los gastos en investigación y en marketing se deducen de los impuestos. El impuesto sobre las ganancias en la industria farmacéutica ha sido del 16,3% en tanto que la media de dicho impuesto para las otras industrias ha sido 27,3% (Boston Globe, 23 de diciembre de 1999).

Las diez empresas farmacéuticas transnacionales más grandes del mundo vendieron en 2005 por 295 mil millones de dólares y tuvieron en ese año un beneficio de 58 mil millones. En el decenio 1996-2005 la tasa de rendimiento medio de esas empresas sobre el capital invertido -deducidos los impuestos- fue del 29%. En el mismo período invirtieron 288 mil millones en la investigación, 739 mil millones en marketing y administración y sus accionistas recibieron 317 mil millones de dólares. Es decir que en investigación se invirtió 2,6 veces menos que en marketing y administración y los dividendos percibidos por los accionistas fueron superiores a la inversión en investigación (2).

El diario francés Le Monde del 31 de marzo de 2005 indicaba que Pfizer, tiene 38.000 visitadores médicos en tres continentes y que en 2004 había gastado 16,9 mil millones de dólares en marketing, dos veces más que en investigación.

Un informe de setiembre de 2007 de la Inspección General de Asuntos Sanitarios (IGAS) de Francia, señala que los gastos de marketing de la industria farmacéutica en Francia representa el 12% de su volumen de negocios, más de tres cuartos en visitadores médicos (lo que representa 25000 euros por año y por médico visitado según el mismo Informe), y el resto en publicidad (13%) y en congresos (8,6%). Todo eso lo paga la Seguridad Social al rembolsar los medicamentos. Es decir el contribuyente.

El marketing de las empresas dirigido a los médicos (visitadores, muestras gratis, congresos más gastronómicos y turísticos que científicos) influye las decisiones de éstos cuando recetan medicamentos. Peor aún, médicos de gran reputación funcionan como comunicadores de empresas farmacéuticas, dando su « opinión autorizada » sobre las virtudes de un medicamento, ocultando que tienen intereses en el laboratorio que lo produce. Por esa razón una asociación francesa de consumidores, Que Choisir, denunció en abril de 2009 ante la Orden de Médicos de Francia a nueve médicos, por violación a la obligación legal de transparencia en la información médica.

El Dr. Van Duppen, en el reportaje citado en la nota 1, dijo también que un estudio de los Institutos Nacionales de la Salud (NIH) de Estados Unidos, la institución pública que financia la investigación biomédica (en 2008 dispuso de un presupuesto de 29 mil millones de dólares), reveló que el 85% del costo del desarrollo de los cinco medicamentos más vendidos en los años 90 fue financiado por el Estado. Según el mismo estudio, la industria contribuye con el 14% a la investigación fundamental (que es costosa e implica un riesgo financiero pues en muchas oportunidades no llega a resultados comercializables) con el 38% a la investigación aplicada y con el 48% al desarrollo final del producto.

El doctor Elías Zerhouni, director hasta octubre de 2008 del NIH confirma: « nosotros financiamos casi el 90% de la investigación en Estados Unidos en la esfera de la salud ». Sesenta por ciento en la investigación de base y 40% en la investigación aplicada. (Diario Les Echos, Francia, mayo 2008).

Dicho de otra manera, la innovación en la investigación biomédica la pagan los contribuyentes y los beneficios de la misma queda para las empresas, beneficios que vuelven a salir de los bolsillos de los contribuyentes que pagan (caros) los medicamentos.

Las grandes empresas farmacéuticas se libran una competencia sin cuartel entre ellas, a fin de llegar primero al mercado con un medicamento nuevo y así embolsar suculentos beneficios. Lo que constituye un obstáculo mayor a la colaboración e intercambio científico entre los investigadores.

Esa oferta permanente de nuevos medicamentos muchas veces oculta el hecho que se trata solo de una nueva presentación del mismo principio activo, es decir no hay verdadera innovación y, más grave aún, se lanzan al mercado medicamentos cuyos efectos secundarios no han sido suficientemente comprobados. Por ejemplo el caso del Vioxx (rofecoxib) fabricado por Merck, que fue finalmente retirado del mercado después de haber causado, según un experto de la Food and Drug Administration, el doctor Graham, unas 140.000 coronopatías suplementarias en Estados Unidos, 40% de ellas mortales, es decir unas 50.000 muertes. Ello debido a que la ingestión de Vioxx duplicaba el riesgo de infarto del miocardio, hecho que conocía el laboratorio pero que no comunicó a las autoridades, como lo reveló la revista médica The Lancet en 2004. No obstante Merck sigue por el mismo camino, por ejemplo ahora con el Gardasil, destinado a prevenir el cáncer del cuello uterino (3).

Como dicen dos investigadoras: « La rentabilidad de la industria depende en gran medida de la competencia de sus investigadores y de la rapidez con que éstos llegan a resultados comercializables. La confidencialidad de los datos es la regla de oro en tanto y en cuanto los resultados no son comercializados y patentados. Las empresas no quieren dejar deslizar durante la investigación alguna información importante que podría aprovechar un competidor…De manera que no hay perder de vista la importancia de diseminar los resultados de la investigación, en interés de los investigadores y de la protección de la población » (4).

Este bloqueo de la colaboración e intercambio de información entre los investigadores puede retrasar descubrimientos importantes para la salud pública.

Después de arduas negociaciones en la Organización Mundial del Comercio, a fines del 2002 parecía haberse llegado a un acuerdo en el sentido de que los países pobres que no tienen capacidad para producir ellos mismos los medicamentos necesarios podrían recurrir a la importación de genéricos a bajo precio. Pero el 16 de diciembre de ese año Estados Unidos torpedeó el acuerdo proponiendo que el derecho de importar medicamentos genéricos se limitara a tres pandemias: el SIDA, la malaria y la tuberculosis y a otras 19 enfermedades transmisibles. La Unión Europea, a través de su entonces Comisario de Comercio Pascal Lamy, propuso una supuesta vía intermedia: que fuera la Organización Mundial de la Salud la que arbitrara en cada caso si una enfermedad constituye un problema de salud pública.

Germán Velázquez, responsable del programa de acceso a los medicamentos de la Organización Mundial de la Salud, rechazó la propuesta europea diciendo que ese no es el papel de la OMS, que las autoridades de cada país son las que deben decidir las prioridades en materia de salud pública (5).

El 30 de agosto de 2003 los medios de desinformación anunciaron que se había llegado a un consenso "histórico" en la OMC sobre los medicamentos genéricos y que de ahora en adelante los países pobres tendrían acceso a los mismos a bajo precio.

En realidad, el consenso consistió en que todos los demás países, detalle más o menos, se plegaron a las exigencias de los Estados Unidos, es decir a las exigencias de las transnacionales farmacéuticas.

En un comunicado conjunto, Médicos sin Fronteras e Intermon OXFAM resumieron bien los alcances del acuerdo, diciendo que el mismo sólo aporta algunos elementos positivos a los países pobres y preserva los intereses de la industria farmacéutica de los países ricos. Agregaron que "las normas sobre patentes seguirán elevando el precio de los medicamentos y que los miembros de la OMC no parecen darse cuenta de que las rígidas medidas que quieren imponer no van a servir para garantizar la producción de genéricos a largo plazo, más bien al contrario, los países en desarrollo tendrán pocas alternativas a los altos precios y a los monopolios de las compañías farmacéuticas". Criticaron también que el acceso a los genéricos se limite a situaciones de emergencia sanitaria. Céline Charveriat, portavoz de OXFAM, declaró: "Es un mal negocio, el acuerdo es muy difícil de aplicar y legalmente poco claro. Los países que quieran beneficiarse de él tendrán que recorrer un camino plagado de obstáculos. (En efecto, dichos países tendrán que someterse a la supervisión del secretariado de la OMC, del Consejo del ADPIC y del presidente del mismo). Se trata de 20 páginas llenas de cláusulas complicadas, contradictorias y ambiguas y los países pobres no tendrán otra opción que comprar medicinas caras si quieren seguir tratando a sus enfermos".

El acuerdo sobre genéricos del 30 de agosto de 2003 empeoró la letra del Acuerdo ADPIC (6) que establece ciertas excepciones al régimen de patentes por razones de salud pública: la posibilidad de importar medicinas de los países donde se producen más baratas y las licencias obligatorias, que permiten a los países en condiciones de fabricar medicamentos baratos obligar a las empresas farmacéuticas a ceder los derechos de patente y de esa manera producir sus propias medicinas genéricas.

De todos modos, las "concesiones" de las transnacionales farmacéuticas, en el acuerdo del 30 de agosto de 2003, que de hecho son ventajas adicionales, no les cuestan prácticamente nada, pues, por un lado, siguen teniendo acceso al mercado de los países pobres, que representa muy poco para ellas y continúan teniendo el monopolio del mercado de los países ricos, que representa la casi totalidad del mercado de medicamentos y donde no pueden ingresar los medicamentos baratos producidos en países del Tercer Mundo (7).

Algunos grandes laboratorios han prometido rebajar los medicamentos contra el SIDA destinados a los países africanos, pero en ningún caso quieren aceptar la competencia de los mismos medicamentos producidos en países del Tercer Mundo, mucho más baratos. Incluso el laboratorio Pfizer ha preferido poner gratuitamente un medicamento, el fluconazole, a disposición de los enfermos en África del Sud, a aceptar la competencia del mismo producto de origen tailandés, quince veces más barato (8).

Cabe preguntarse cuál es la prioridad en materia de salud pública, si las ganancias de las transnacionales farmacéuticas o el interés general.

Notas:
1. Datos extraídos de la entrevista publicada en la Revista En Marche, de la Mutualité Chretienne de Bélgica el 7 de marzo de 2005, al doctor Dirk van Duppen, autor del libro « La guerre des médicaments. Pourquoi sont-ils si chers ». Colección EPO, Bruselas 2005.
2. Datos extraídos del trabajo « Analyse socio-économique de l’industrie pharmaceutique mondiale pour la période de dix ans 1996-2005 », realizado por los profesores Leo-Paul Lauzon y Marc Hasbani de la Universidad Quebec de Montreal. http://www.cese.uqam.ca/pages/pub_recherche.php?sujet=pub_recherche#2006_
3. Gardasil et Prevenar : de l’urgence d’une réflexion éthique sur les recommandations vaccinales, por el Dr. CMT. Publicado en Pharmacritique el 9 de junio de 2009. http://pharmacritique.20minutes-blogs.fr/archive/2009/06/09/gardasil-et-prevenar-de-l-urgence-d-une-reflexion-ethique-su.html
4. Lorsqu’en recherche génétique financement privé ne rime plus avec santé. Geneviève Cardinal et Bartha Maria Knoppers, profesoras investigadoras en la Universidad de Montreal. 15/12/02. http://infodoc.inserm.fr/inserm/ethique.nsf
5. Diario Libération, Paris, 10 de enero de 2003, pág. 25.
6. Acuerdo sobre los aspectos de la propiedad intelectual relacionados con el comercio (ADPIC, TRIPS en inglés) celebrado en el marco de la Organización Mundial del Comercio.
7. África representa el 1,3% de las ventas de las transnacionales farmacéuticas, o sea 3,5 mil millones de dólares, contra 100 mil millones de ventas en Europa y 169 mil millones en Estados Unidos, según datos oficiales de Estados Unidos citados en julio 2001 en Durban (XII Conferencia Internacional sobre el SIDA) por el Dr. Richard Laing, de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Durban (despacho de AFP del 5 de marzo del 2001).
8. Véase Afrique et sida, une nouvelle donne? en http://perso.wanadoo.fr/devernon/Afrique%20et%20Sida%20.html%20

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