martes, 18 de febrero de 2014

Sismondi y los peligros del sistema financiero

Fabrizio Bientinesi

Traductor: Umberto Mazzei (especial para ARGENPRESS.info)

Mucho antes de que los Credit Default Swaps (seguro contra impago de créditos) ganasen los honores de las primeras páginas, Sismondi había comprendido bien los riesgos de un crecimiento excesivo del sistema financiero. Fue el punto de llegada de un largo proceso de reflexión sobre estos temas, iniciado en las primeras obras de Sismondi. En su De la Riqueza Comercial era aún - como diría Viner un siglo después - “un servidor bastante sumiso de Adam Smith”. El mismo Sismondi declara en esa obra su devoción por la obra de Smith. Siguiendo esa corriente, Sismondi identifica la verdadera riqueza de un país con el “trabajo productivo”. El crédito, por lo tanto, no tiene ni puede tener alguna “potencia creadora”. Pero, ya entonces, Sismondi añade algo muy interesante al enfoque rígidamente smithsoniano.

Por un lado, hace notar, aunque sea con una nota en pié de página, como el saldo en la balanza de pagos, ceteris paribus, tiene importancia en determinar el camino hacía el desarrollo del propio país. Por otro, Sismondi, en plena polémica anti-mercantilista, observa que la obsesión por la exportación no tiene en cuenta la demora con que suelen cobrarse los créditos en el extranjero. Por lo tanto, si el interés del consumidor sigue siendo igual al interés nacional, no se puede decir lo mismo del interés del mercader.

Unos años más tarde, Sismondi confirmaba, en la introducción a la primera edición de Nuevos Principios (1), que había seguido un “camino trillado” (ornière rebattue), iluminado por “los principios de Adam Smith”. Sus Nuevos Principios representaban también la ocasión para un corte profundo. Sismondi denuncia claramente los peligros de una sobreproducción causada por una sobre-inversión y una demanda insuficiente, que a su vez esta ligada a una pésima distribución del ingreso.

Sismondi, junto con Malthus, se alinea abiertamente contra ese enfoque de la teoría económica que seguiría dominando hasta Keynes y que encontraba su fundamento en la llamada Ley de Say sobre la mano invisible. Para Sismondi no parece que “la mano invisible” pueda resolver todos los problemas de la economía. Para él esa es una teoría falaz que - paradójicamente- favorecía políticas económicas mercantilistas, que veían en la exportación la única solución para dar desahogo a la producción industrial inglesa. Las consecuencias eran terribles, no sólo desde el punto de vista económico sino también político.

Sin embargo, con respecto al crédito, Sismondi no parecía - aparentemente- apartarse el sendero smithiano: “desde el momento que no podemos añadir nada al análisis de Adam Smith sobre las operaciones de banca y sobre el crédito, buscamos siquiera exponer sus principios con mayor claridad”. En realidad, Sismondi colega, en modo claro, la crítica al crédito fácil con la crítica a las teorías “crematísticas”, que ven en el crecimiento de la producción un valor en si mismo: “Cuando se cree que el fin de la sociedad es el aumento de la riqueza, se termina por sacrificar el fin a los medios. Se consigue una mayor producción, pero se la compra con mayor población y más miseria; sobre el propio campo se recoge más granos, pero se pierden los campesinos que allí vivían felices y allí deseaban quedarse; en las fábricas se producen tejidos más bellos, pero se obliga a los obreros que los hacen a vestirse con las telas más groseras; se usa remplazar el oro y la plata con billetes de banco para estimular la industria, pero cualquiera que se acostó rico una noche, puede despertarse en la ruina al día siguiente, sin tener alguna culpa.”

La relación entre crédito y ciclo económico es más claro y evidente en dos ensayos (el 16º y el 17º) recogidos en sus Estudios sobre las Ciencias Sociales. Sismondi nota como el proceso de acumulación del capital se paralizó durante las guerras napoleónicas. De ese modo los efectos negativos de ese proceso fueron aplazados, sin por eso poder evitar la explosión del débito público ligado al gasto bélico (un problema sobre el que había abundantemente comentado en Nuevos Principios). Una débito que se había transformado al pasar de renta vitalicia a renta perpetua y que, por lo tanto, cargándole gasto oneroso sobre las generaciones futuras.

En este punto, Sismondi hace un análisis que pudiera parecer reaccionario. Sismondi sostiene que la propensión al gasto en las monarquías constitucionales encuentra menos ligaduras que en las monarquías absolutas, precisamente porque en estas últimas el monarca esta “obligado” a asumir en primera persona la responsabilidad de las decisiones. Terminada la guerra, vuelve el proceso de acumulación y de aumento de la producción, pero en manera acelerada con respecto al pasado. La aceleración se debe, según Sismondi, al aumento del papel del crédito y las finanzas.

El auto financiamiento, que antes era la norma para las empresas y que contribuía a regular la inversión según la demanda, viene suplantado por el recurso al crédito y ese crédito en cuanto tal, no tiene prácticamente límite. La sobre-producción y el dumping se expanden y con ellos el crédito. Se alimenta así un círculo perverso: “allá donde existen bancos, sobretodo allá donde el comercio de los bancos es libre y en rivalidad consigo mismo, es el prestador quien va a buscar al prestario, que se esfuerza en seducirlo con las facilidades que le ofrece” (2). El paso siguiente, según Sismondi, es la ampliación de la actividad financiera a la esfera del débito público; los banqueros “no rehúsan sus buenos oficios a nadie, no más a los gobiernos despóticos que esconden su déficit, que a los gobiernos revolucionarios que proclaman su desorden”. (3)

De allí el pasaje final: las finanzas internacionales como sistema que garantiza la propia existencia a expensas del resto de la economía. En páginas inolvidables, escribe Sismondi: “Los banqueros que negocian los préstamos para Grecia, para los nuevos Estados Unidos de América, para España o Portugal, a falta de la garantía de un ingreso proporcionado a los intereses, imaginaron otra, la de conservar en sus manos, sobre los fondos mismos que adelantan al gobierno, una porción de capital suficiente para pagar los intereses de los dos primeros años. De ese modo dan a entender que después de la crisis que se trata de superar, el Estado encontrará nuevos recursos; pero cuentan más con que la regularidad de esos primeros pagos darán ilusión a la masa de los capitalistas, y que estos se adelantarán para comprar, cuando ellos mismos vendan todos los cupones que tienen encima.

No se equivocan: los dos años en que los intereses estaban asegurados les han sido suficientes para esa operación y los banqueros hicieron de hecho enormes ganancias, a pesar de la bancarrota inminente de aquellos de quienes manejaban los negocios.

Luego han ofrecido a estos mismos un medio de salvarse de tal quiebra, que fue el de negociar un nuevo préstamo por medio del cual continuar a pagar los intereses del precedente, y así se dejaría caer sobre la posteridad tanto el interés como el capital de sumas ya dilapidadas. Entre los expedientes de mala fe, entre los cuales debían escoger los nuevos Estados de América, la bancarrota, por la cual se decidieron, no era tal vez ni más inmoral ni más desastrosa […] La guerra civil ha continuado en la península ibérica y en sus posesiones del Nuevo Mundo, y los mismos banqueros se presentaron para ser proveedores de fondos para la revolución y la contrarrevolución: es por su intermediación y con los capitales de los tontos que seducían, en Inglaterra, en Francia, en Holanda y en Suiza, que las dos partes mantenían su existencia, y que la guerra civil continúa desde hace un cuarto de siglo a desolar esas bellas regiones.

Esta intervención de los capitalistas en los asuntos de otro pueblo no es menos potente o menos funesta que aquella de los reyes. Mientras tanto, cuando uno u otro partido ha declarado que no pensaba pagar las deudas del partido contrario, las deudas contraídas para perseguirlo o someterlo, los banqueros, los capitalistas y los periodistas, clamaron contra eso que apodaron una bancarrota parcial, con el lenguaje de una virtuosa indignación; sus clamores se escucharon en todas las bolsas, y estos declararon que no cotizarían más los fondos de quienes se habían de tal modo deshonrado.

En medio de tanta injusticia y mala fe, es difícil decir lo que la probidad exige; es más difícil comprender como los sujetos podían estar comprometidos por un gobierno que no reconocían y que les hacía violencia. Tal vez se debe felicitar a una nación que ha perdido todo su crédito, porque entonces sus amos no podrán más venderla, y los banqueros extranjeros no podrán más comprarla.

Pero, por ilegítimas que nos parezcan las deudas por esa seguidilla de contratos fraudulentos, la bancarrota probablemente no remediará nada, porque el gobierno que quiebra, liberado de sus viejas deudas, encontrará tanto más crédito; pedirá prestado de nuevo, y sus sujetos estarán bien pronto tan endeudados como lo están hoy”. (4)

Notas:
1) Nuevos Principios de Economía Política. Tíulo original: Nouveaux Principes de Economie Politique ou de la richesse dans ses rapports avec la population, Paris, (1827).
2) J.C.L. SIMONDE DE SISMONDI, Études sur les sciences sociales, t. III, Études sur l’économie politique, t. II, Bruxelles, Société Typographique Belge, p. 294.
3) Ivi, p. 312
4) Ivi, p. 325

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De te fabula narratur.

De te fabula narratur: Sismondi e i pericoli del sistema finanzario

Molto prima che che i Credit Default Swaps guadagnassero gli onori delle prime pagine, Sismondi aveva ben compreso I rischi connessi a uno sviluppo eccessivo del sistema finanziario. Fu il punto di arrivo di un lungo processo di riiflessione su questi temi, iniziato con le prime opere di Sismondi. Nella De la richesse commerciale egli era - come avrebbe scritto Viner un secolo dopo - “a rather slavish disciple of Adam Smith”. Sismosndi stesso dichiara in quest’opera la propria devozione all’opera simithiana. Secondo quest’ultima, Sismondi identifica la vera ricchezza di un paese nel “lavoro produttivo”. Il credito, di conseguenza, non ha e non può avere alcuna “puissance créatrice”. Sismondi però aggiunge qualcosa di molto interessante rispetto a un’impostazione rigidamente smithiana. Da un lato, egli fa notare, sia pure un una nota a piè di pagina, come il saldo della bilancia dei pagamenti, ceteris paribus, abbia una sua importanza nel determinare il sentiero di sviluppo del paese stesso. Dall’altro Sismondi, in piena polemica antimercantilista, osserva l’ossessione per le esportazioni non tenga conto della lentezza con la quale i crediti sull’estero vengono spesso riscossi. Quindi, se l’interesse del consumatore è sempre conforme a quello nazionale, non altrettanto si può dire dell’interesse del mercante.

Qualche anno più tardi, Sismondi ribadiva, nell’introduzione alla prima edizione dei Nouveaux Principes, di aver seguito “ornière rebattue”, illuminato dai “i principi di Adam Smith”. I Nouveaux Principes rappresentavano però anche l’occasione per una profonda cesura. Sismondi denuncia chiaramente i pericoli di una sovrapproduzione causata da un sovrainvestimento e da una domanda insufficiente, a sua volta legata a una pessima distribuzione del reddito. Sismondi, insieme a Malthus, si schiera apertamente contro quell’impostazione della teoria economica che sarebbe rimasta dominante fino a Keynes e che trovava il suo fondamento nella “legge di Say”: la mano invisibile non pare poter risolvere tutti i problemi dell’economia. Una teoria fallace che - paradossalmente - favoriva politiche economiche neomercantiliste, che vedevano nell’esportazione l’unica soluzione per dare sfogo alla produzione industriale inglese. Le conseguenze erano terribili, non solo dal punto di vista economica ma anche da quello politico
Eppure, per quanto riguarda il credito, Sismondi sembrava - apparentemente - non allontanarsi dal sentiero smithiano: “dal momento che non possiamo aggiungere niente all’analisi di Adam Smith sulle operazioni di banca e sul credito, cerchiamo almeno di esporre i suoi principi con maggiore chiarezza”. In realtà, Sismondi collega in maniera chiara la critica al credito facile con la critica alle teorie “crematistiche”, che vedono nella crescita della produzione un valore in sé: “Quando si crede che lo scopo della società sia l’aumento della ricchezza, si finisce per sacrificare il fine ai mezzi. Si ha una maggiore produzione, ma la si acquista con più popolazione e più miseria; sul proprio campo si raccoglie più grano, ma si perdono i contadini che vi vivevano felici e che volevano restarci; nei laboratori si producono tessuti più belli, ma si costringono gli operai che li confezionano a vestirsi di panni più rozzi; si usa l’oro e l'argento rimpiazzato dai biglietti di banca per sti¬molare l’industria, ma ognuno, andato a letto ricco la sera, può risvegliarsi il giorno dopo rovinato senza averne nessuna colpa”.

Il rapporto fra credito e ciclo economico è ancora più chiaro ed evidente in due saggi (il 16° e il 17°) raccolti negli Études sur les sciences sociales. Sismondi nota come il processo di accumulazione del capitale abbia subito un arresto con le guerre napoleoniche. In tal modo gli effetti negativi di questo processo sono stati rimandati, senza peraltro poter evitare l’esplosione del debito pubblico legato alle spese belliche (problema sul quale era già abbondantemente intervenuto nei Nouveaux principes). Un debito che si era trasformato, passando da una rendita vitalizia a una perpetua e quindi caricando l’onere della spesa sulle generazioni future. Su questo punto Sismondi compie un’analisi che potrebbe apparire come reazionaria. Sismondi sostiene infatti che la propensione alla spesa delle monarchie costituzionali trovi meno vincoli che nelle monarchie assolute, proprio perché in queste ultime il monarca è “costretto” ad assumersi in prima persona la responsabilità delle scelte. Finita la guerra, il processo di accumulazione e di aumento della produzione riprende, ma in maniera accelerata rispetto al passato. L’accelerazione è dovuta, secondo Sismondi, all’accresciuto ruolo del credito e della finanza. L’autofinanziamento, che prima era la regola per le imprese e che contribuiva a regolare l’investimento secondo la domanda, viene soppiantato dal ricorso al credito e il credito, in quanto tale, non ha praticamente limiti. La sovrapproduzione e il dumping si espandono e il credito con loro. Si alimenta così un circolo perverso: “là où il existe des baques, là surtout où le commerce de banque est libre et en rivalité avec lui-même, c’est le prêteur qui va chercher l’emprunteur, qui s’efforce de le sèduire par le facilités qu’il lui offre”. Il passo ulteriore, secondo Sismondi, è l’allargamento dell’attività finanziaria alla sfera del debito pubblico; i banchieri “ne refusent leur bons offices à personne, pas plus aux gouvernements despotiques qui cachent leur déficit, qu’aux gouvernements révolutionnaires qui proclament leur désordre”.

Da qui il passaggio finale: la finanza internazionale come sistema che garantisce la propria esistenza a scapito del resto dell’economia. Scrive Sismondi in pagine indimenticabili: “Les banquiers qui négocièrent des emprunts pour la Grèce, pour les nouveaux États d’Amérique, pour l’Espagne ou le Portugal, au défaut de la garantie d’un revenu proportionné aux intérêts, en imaginèrent une autre, celle de conserver entre leurs mains, sur le fonds même qu’ils avançaient au gouvernement, une portion du capital suffisante pour payer les deux premières années d'intérêt. Ils donnaient à entendre qu’après la crise qu’il s’agissait de passer, l’État trouverait de nouvelles ressources; mais ils comptaient bien plutôt que la régularité de ces premiers paiements ferait illusion à la masse des capitalistes, et que ceux-ci s’avanceraient pour acheter, tandis qu’eux-mêmes vendraient tous les coupons dont ils étaient chargés. Ils ne se trompèrent pas: les deux années dont les intérêts étaient assurés leur ont suffi pour cette opération, et les banquiers ont réalisé en effet d’immenses profits, malgré la banqueroute imminente de ceux dont ils faisaient les affaires. Ils ont ensuite offert, il est vrai, à ceux-ci un moyen de sauver cette banqueroute, c’était de négocier un nouvel emprunt au moyen duquel on aurait continue à payer les intérêts du précédent, et on aurait ainsi rejeté sur la postérité l’intérêt comme le capital des sommes déjà dilapidées. Entre les expédients de la mauvaise foi, parmi lesquels devaient choisir les nouveaux États d’Amérique, la banqueroute, pour laquelle ils se sont déterminés, n’était peut-être ni le plus immoral, ni le plus désastreux […] La guerre civile a continué dans la péninsule ibérique et dans ses possessions du Nouveau-Monde, et les mêmes banquiers se sont présentés pour être les bailleurs de fonds des révolutions et des contre-révolutions: c’est par leur entremise, et avec les capitaux des dupes qu’ils séduisent, en Angleterre, en France, en Hollande et en Suisse, que les deux partis maintiennent leur existence, et que la guerre civile continue depuis un quart de siècle à désoler ces belles régions. Cette intervention des capitalistes dans les affaires d’un autre peuple n’est pas moins puissante ou moins funeste que celle des rois. Cependant, lorsque l’un ou l’autre parti a déclaré qu’il n’entendait point payer les dettes du parti contraire, des dettes contractées pour le persécuter ou l’asservir, les banquiers, les capitalistes et les journalistes, se sont récriés contre ce qu’ils nommaient une banqueroute partielle, avec le langage d’une vertueuse indignation; leurs clameurs ont retenti dans toutes les bourses, et ils ont déclaré qu’ils ne coteraient plus les fonds de ceux qui s’étaient ainsi déshonorés. Au milieu de tant d’injustice et de mauvaise foi, il est difficile de dire ce que la probité exige; il est plus difficile de comprendre comment les sujets peuvent être engagés par un gouvernement qu’ils ne reconnaissent pas et qui leur fait violence. Peut-être faut-il féliciter une nation qui a perdu tout crédit, car des lors ses maîtres ne peuvent plus la vendre, et des banquiers étrangers ne peuvent plus l’acheter. Mais quelque illégitimes que nous paraissent les dettes contractées par cette suite de contrats frauduleux, la banqueroute probablement ne remédierait à rien, car le gouvernement banqueroutier, affranchi de ses vieilles dettes, en trouverait d’autant plus de crédit; il emprunterait de nouveau, et ses sujets seraient bientôt aussi obérés qu’ils le sont aujourd’hui ».

De te fabula narratur.

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Sismondi and the Dangers in the Financial System

By Fabrizio Bientinesi

Long before credit default swaps won the honours of the front pages, Sismondi had fully understood the risks concerning an excessive growth of the financial system. It was the culmination of a long process of reflection on these issues, which began with his early works. In his De la richesse commerciale (About Commercial Wealth) he still was - as Viner would say a century later- "a rather slavish disciple of Adam Smith”. Sismondi himself declares in that work his devotion for the work of Smith. Accordingly, Sismondi identifies the real wealth of a country with "productive work”. Credit, therefore, does not and cannot have "creative power". But Sismondi then adds, to the rigid Smithsonian approach, something quite interesting.

On the one hand, he underlines, even if in a footnote, how the balance of payments, ceteris paribus, has some importance in determining the path towards the development of the country itself. On the other hand, Sismondi, in full anti -mercantilist controversy, notes how the obsession with exports ignores the usual delay on repayment of credits abroad. Therefore, if consumer interest is always the same as the national interest, the same cannot be said about the interest of the merchant.

A few years later , Sismondi confirmed, in the introduction to the first edition of New Principles (1), that he had taken a "well-trodden path " (ornière rebattue), illuminated by "the principles of Adam Smith ". His New Principles were also an opportunity for a deep cut. Sismondi clearly denounced the dangers of over-production caused by over- investment and insufficient demand, which in turn is linked to a poor distribution of income.

Sismondi, along with Malthus, openly aligned himself against an approach to economic theory that would dominate until Keynes and was founded on the so-called Say's Law, concerning the famous invisible hand. Sismondi does not believe that the invisible hand can solve all the problems in a economy. For him this is a fallacious theory that – paradoxically- favoured neo-mercantilist economic policies, which saw in exports the only solution to relieve English industrial production. The consequences were terrible, not only from an economic point of view but also from a political one.

However, with respect to credit, Sismondi did not seem – apparently- to abandon the Smithian path: "from the moment we can not add anything to the analysis of Adam Smith on the operations of banking and credit, we seek at least to expose those principles even more clearly”. Actually, Sismondi links, very clearly, criticism to easy credit with criticism of "chrematistic" theories, which see production growth as a value in itself: "When it is believed that the purpose of society is to increase wealth, one finishes sacrificing the end to the means. Increased production is achieved, but it is bought with more population and more misery; on one’s own fields more grain is collected, but the peasants who lived happily there and wanted to stay are lost; in factories the finest fabrics are produced, but the workers who make them to wear the coarsest ones; gold and silver are replaced with banknotes in order to encourage industry, but anyone who in the evening went to sleep rich, can wake up in ruin the next day, without being in anyway his fault”.

The relationship between credit and the economic cycle is more clearly evident in two essays (16 º and 17º ) collected in his Études sur les sciences sociales (Studies on Social Sciences). There Sismondi points out how the process of capital accumulation was paralyzed during the Napoleonic Wars. Thus the negative effects of this process were postponed, without being able to avoid the explosion of public debt linked to military spending (an issue on which he had abundantly commented in the New Principles). A public debt that had been transformed, when it was changed from being a life time rent into a permanent one and by that means charging future generations with an onerous expense. At this point, Sismondi develops an analysis that might seem reactionary. Sismondi states that the propensity to spend of constitutional monarchies is less restrained than in absolute monarchies, precisely because in the latter the monarch is "forced" to take a first-person responsibility for spending decisions.

After the war, the process of accumulation and increased production starts again, but in an accelerated manner, as compared to the past. The acceleration is due, according to Sismondi, to the increased role of credit and finance. The self-financing, which was once the norm for businesses and contributed to regulate investment according to demand, was supplanted by the use of credit and credit as such, has virtually no limit. Over- production and dumping are then expanded together with credit. That way a perverse circle is feed: "wherever there are banks, particularly where bank’s trade is free and in rivalry among themselves, it is the provider who will seek the borrower, who tries to seduce him with the facilities offered" (2). The next step, according to Sismondi, is the expansion of financial activity to the realm of public debit; bankers "do not refuse anyone their good offices, no more to despotic governments who hide their deficit, than to the revolutionary governments that proclaim their disorder”. (3)

Hence to the final passage: international finance as a system that guarantees its own existence at the expense of the rest of the economy. In unforgettable pages, Sismondi writes: "Bankers that negotiate loans for Greece, to the new states in America, to Spain or Portugal, in the absence of an income guarantee proportioned to the interests, imagined another one, to keep in their hands, from the very funds that that they lend the government, a portion of capital sufficient to pay the interest on the first two years. Thus they suggest that after the crisis that it is intended to overcome, the state will have found new resources, but rely more on the illusion that the regularity of these payments will create on the mass of the capitalists, and that they will advance to buy, while they sell all coupons that weighted on them.

They are not mistaken: those two years when interest payment was insured were sufficient for that operation and bankers made huge profits, despite the impending bankruptcy of those whose business they handled.

Then, afterwards, they offered them – it is true - the means to save themselves from bankruptcy, which was to negotiate a new loan through which they could continue to pay the interest of the previous one, and thus drop upon posterity both interest and capital of already dilapidated sums. Among the bad faith expedients, from which the new states of America had to choose, bankruptcy, which is the one they decided for, was not perhaps the most immoral or the most disastrous [ ... ] The civil war continued in the Iberian Peninsula and their possessions in the New World, and the same bankers were present to fund revolution and counterrevolution: it is by their intermediation and with the capital of fools they seduced in England, France, Holland and Switzerland, that the two sides maintained their existence, and that civil war continues after a quarter of a century to desolate those beautiful regions.

Such intervention of capitalists in other people’s affairs is not less powerful or less disastrous than that of kings. Meanwhile, when either party stated that it did not intend to pay the debts of the opposite party, debts contracted in order to persecute or to enslave them, bankers, capitalists and journalists, protested against what they named a partial bankruptcy, with a language of virtuous indignation; their cries were heard in all the stock exchanges, and they declared that they would not quote anymore the funds of those who had dishonoured themselves in such way.

In the midst of so much injustice and bad faith, it is hard to say what it is that probity demands, but is even more difficult to understand how the subjects could be committed by a government that they did not recognise and that did violence to them. Maybe one should compliment a nation that has lost all credit, because their masters cannot sell it anymore and foreign bankers can no longer buy it.

But as illegitimate as debts contracted by this chain of fraudulent contracts may seem to us, bankruptcy probably will not cure anything, because the bankrupt government, freed from his old debts, will find much more credit, will borrow again, and its subjects will soon be as indebted as they are today". (4)

De te fabula narratur’

1) New Principles of Political Economy. Original title: Nouveaux Principes de Economie Politique ou de la richesse dans ses rapports avec la population, Paris, (1827).
2) J.C.L. SIMONDE DE SISMONDI, Études sur les sciences sociales, t. III, Études sur l’économie politique, t. II, Bruxelles, Société Typographique Belge, p. 294.
3) Ivi, p. 312
4) Ivi, p. 325.

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