lunes, 29 de diciembre de 2014

La dependencia del ingreso de capitales define al capitalismo argentino

Julio C. Gambina (especial para ARGENPRESS.info)

Estamos sobre el fin del año y muchos me consultan sobre la evolución de la inflación y el tipo de cambio, insistiendo en que este, el tipo de cambio es un precio más en la economía, el de las monedas extranjeras, o sea, las divisas, entre otras, el dólar, el euro, el yen o el yuan.

La cuestión de los precios trasciende la coyuntura y expresa, como aprendimos con Marx, aspectos esenciales de la producción y la circulación, ya que los precios son la manifestación en dinero del valor de cambio, y este, resume la contradictoria relación social de intercambio en el capitalismo, entre compradores y vendedores, entre valor de uso y valor de cambio o valor. Los precios condensan las contradicciones del capitalismo, el intercambio de equivalentes y la generación y apropiación del plusvalor.

Aludimos a una cuestión teórica que está en la esencia del régimen de explotación. Los precios remiten al dinero, y este es expresión de una forma histórica del valor, que fetichizado se impone con autonomía de su origen como relación social. La inflación o deflación de los precios está asociado a la teoría del valor y por ende del dinero. No hay autonomía del dinero sobre la producción y circulación en el capitalismo, y por lo tanto, en el dinero y la política monetaria, financiera, cambiaria o de precios se manifiestan las contradicciones inmanentes en el doble carácter del trabajo materializado en las mercancías.

El tema de los precios y la inflación requiere de consideraciones que remiten a la coyuntura y sus impactos en las distintas clases y sectores sociales, como una mirada teórica que permita dilucidar el origen del problema en las contradicciones sociales del orden capitalista.

Los aumentos expresan la dominación de clases

Sobre la evolución de los precios en Argentina se evidencia una aceleración respecto de los años anteriores, proceso en curso desde el 2007. La afirmación se verifica con los datos de la medición oficial o con los que difunden otras mediciones alternativas, de privados o de algunas provincias aferradas a metodologías previas a los cambios en el INDEC. Los datos varían entre el 30 y el 40%. Puede creerse más en una o en otras mediciones, pero nadie duda del alza de los precios en la economía argentina, lo que evidencia un problema en la capacidad de compra para los sectores de menores ingresos y enfatiza la desigual relación social entre quienes fijan los precios y la mayoría que los sufre.

Nuestra economía es parte de la economía mundial, capitalista por cierto, que resume en un mercado mundial crecientemente sostenido con precios internacionales independientes de los costos de producción locales. Lo que se intercambia en el mundo son comodities, más que bienes y servicios. La soja o el petróleo, el oro, los minerales y el conocimiento son comodities y no interesa su localización para la producción, salvo en lo atinente a la búsqueda de la mayor productividad, o la disminución del costo de producción para maximizar la ganancia.

Es una afirmación para localizar a los fijadores de precios en el mercado mundial. No es desde la Argentina que se define el alza o la disminución del precio internacional de la soja o del petróleo, aunque sin duda y a escala, la producción local interviene en tanto y en cuanto participa de la producción global de cada mercancía. Sin perjuicio de lo dicho, el carácter nacional de la política y por ende del Estado, favorece una redistribución del poder global en el orden local, y eso explica las transferencias de ingresos al interior de cada país, siendo la inflación interna el mecanismo de redistribución regresiva del ingreso a escala interna, local. Es un ejercicio del poder, de quienes pueden subir precios y encontrar su realización en el mercado.

Las tendencias actuales en los precios y la política pública

También puede decirse que en el último tramo de este 2014 se percibe una desaceleración de la tendencia general ascendente de los precios, cuya explicación puede encontrarse en la baja de la actividad económica y la recesión productiva, con impacto directo en la pérdida de empleo y las restricciones para operar una reanimación de la economía local, que termina dependiendo de los estímulos externos, sean inversiones o préstamos provenientes desde el exterior.

El límite a la expansión de los precios está entonces condicionado por la reducción de la capacidad de realización en el mercado, sea por disminución de las compras empresarias o del consumo en general, especialmente entre los sectores de menores ingresos. Y por ende el ajuste en la contratación de fuerza de trabajo y un agravamiento de las formas de flexibilización laboral y salarial.

La política económica, es decir, el accionar del Estado, intenta frenar la evolución de los precios y activar la economía, incluso compensando con política social a los sectores más desprotegidos, vía planes sociales o renovadas moratorias previsionales. Es parte del aprendizaje del Estado capitalista en la administración de la crisis, legado de los 30´ y del keynesianismo que hoy asumen hasta los más conservadores de la política económica convencional en los principales Estados del capitalismo mundial.

En ese sentido y en la Argentina se anotan: a) los precios cuidados; b) los préstamos en cuotas para el consumo diverso; c) el estímulo al crédito para la vivienda o compra de automotores; d) las restricciones a la compra y venta de divisas; e) y ahora la disminución del 5% en el precio de los combustibles.

Uno de los problemas a destacar es que esas políticas no tienen efecto universal, ya que los precios cuidados no involucran más que una canasta de bienes que se distribuye en una cadena comercial de grandes supermercados y limitada geográficamente, con vencimiento a comienzos de enero y una fuerte disputa por la actualización de valores para su continuidad en el 2015.

Con el acceso a los créditos, el problema se presenta por los límites establecidos en los ingresos de los posibles adjudicatarios, excluyendo amplios sectores sociales que sufren el déficit habitacional.

Aun considerando los estímulos crediticios, con tasas subsidiadas a la pequeña producción, constituyen la minoría de la cartera bancaria, ya que lo principal del crédito bancario tiene destino en confirmar la estructura concentrada de la economía argentina y una orientación privilegiada en la especulación y el financiamiento estatal de la deuda pública.

Incluso la reducción de los combustibles es limitada para no entorpecer el estímulo al ingreso de inversores externos para la producción petrolera que morigere el déficit energético que supone la importación de combustibles, al tiempo que los estacioneros denuncian ser los principales perjudicados y señalan el privilegio hacia las grandes petroleras.

Vale también mencionar que las restricciones a la operatoria con moneda externa suponen una intervención para evitar la transferencia del precio de las divisas hacia el resto de los bienes y servicios. El problema es la referencia que supone en muchas actividades económicas el tipo de cambio paralelo y aún, la pérdida de reservas para atender las demandas de atesoramiento de pequeños inversores u ahorristas, que en cuenta gotas acumulan cuantiosos recursos, unos 3.000 millones de dólares estimados en todo el año, que son retirados de la actividad productiva.

La dependencia como lógica del funcionamiento del capitalismo local

En este marco, la economía en la Argentina está atrapada en la lógica capitalista de un excedente definido por el capital externo que presiona vía precios por su apropiación.

En el origen de la acumulación está el inversor de dinero (D) que pretende en un tiempo y espacio obtener más dinero (D´, o D +d, siendo d, el plusvalor). Esta ecuación define la valorización del inversor. Así, quien aporta D pretende D´ (D +d), o sea un incremento (d) de la inversión originaria (D). La economía local demanda crecientemente de inversores externos dispuestos a colocar su D en el proceso local de producción, y esos inversores demandan la búsqueda de seguridad jurídica para obtener el suficiente valor acrecentado (d) según la lógica de la ganancia monopolista de un capitalismo en crisis. Vale adicionar que los capitales hegemónicos, ya asentados en el país, defienden su posición de dominación vía precios, mientras pueden y no tienen límites de mercado o de la regulación estatal.

La cuestión de los precios en alza, incluso del tipo de cambio, apunta a capturar la renta socialmente generada en la Argentina y disponerla en el circuito de la valorización mundial que definen las corporaciones transnacionales que actúan en el país.

Por todo esto es que sostenemos que el gran problema de la economía capitalista argentina es la dependencia del ingreso de capitales para asegurar el ciclo de valorización económica. Es que para la valorización hace falta una dinámica de inversión reproductiva, la que proviene del excedente económico generado por el funcionamiento de la economía local o por su inserción en la economía mundial.

La dinámica del capitalismo argentino está definida por los capitales externos, tal como se deriva de la estructura económica social hegemónica del capital externo en los sectores productivos y de servicios. Por eso es que hablamos de dependencia de los capitales transnacionales y del mercado mundial capitalista. En el agro, la minería, la energía, la industria, el comercio y los servicios de comunicación, bancarios y transporte, entre muchos, resultan definitorias las inversiones externas y el paquete tecnológico en manos de las corporaciones transnacionales.

Más aún, en términos más generales, el punto de partida del ciclo del capital en la argentina se resume en la capacidad de ingresar capitales externos, siendo las fuentes de esos ingresos: a) el menguante superávit comercial; b) las renuentes inversiones externas; c) y el esquivo endeudamiento proveniente del exterior.

Es más, la apuesta de política económica apunta a sostener el superávit comercial, aun frenando importaciones y regulando las exportaciones; generando condiciones para el ingreso de inversiones, asegurando elevada rentabilidad, especialmente para petroleros interesados en explotar yacimientos no convencionales; y logrando una parcial inserción en el mercado de crédito mundial por medio del acuerdo bilateral con China. Por estas medidas es que puede explicarse la recomposición de reservas internacionales en torno de los 31.000 millones de dólares, la contención de las expectativas por una devaluación, claro que todo tiene un costo, principalmente social.

La afectación de la dinámica de producción y reproducción capitalista afecta principalmente a los trabajadores, la mayoría de la sociedad. El nuevo endeudamiento presiona sobre los recursos fiscales compitiendo con demandas sociales de gasto público en salarios, salud, educación, seguridad o promoción de las economías regionales y una política productiva y de desarrollo para satisfacer necesidades de otro modelo y patrón de producción y consumo.

Nuestra reflexión apunta a la construcción de una argumentación que supere los límites a que nos condena el régimen del capital e ir más allá, contra el orden capitalista, por la transformación social para la emancipación y la liberación. Ello supone la crítica a la mercantilización creciente, o sea, a la subordinación del orden social a la lógica mercantil de producción de valor y plusvalor que definen la producción, la distribución, el cambio y el consumo, y si se quiere superar estas condiciones históricas del funcionamiento social, se requiere ir más allá en la imaginación de la sociedad necesaria, pensando más en satisfacer necesidades que en la lógica de la ganancia, la acumulación, el poder y la dominación capitalista.

El tema es la revolución para modificar las relaciones sociales de producción, y aquella se juega en la acumulación de poder popular y su orientación en la construcción de una nueva sociedad sin explotación, un paradigma que define los nuevos horizontes de la lucha de clases desde los trabajadores y los pueblos.

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