viernes, 5 de diciembre de 2014

¿Sabemos en qué país estamos viviendo?

Luis Urrutia (ACTA)

La Central de Trabajadores Argentinos acaba de editar “¿El capitalismo argentino en su etapa final?” - Un ensayo marxista -, de Jaime Fuchs. Como el título lo sugiere, el autor apunta al sondeo de una perspectiva.

No consiste esto en planteos abstractos y se apoya en numerosos datos de la estructura económica argentina presente y pasada con el propósito de develar las tendencias de su evolución. ¿Dónde estamos y hacia dónde estamos yendo? ¿Es soberano nuestro rumbo? ¿Marchamos hacia una sociedad más equitativa y sin marginalidad? Ayuda a descubrir así el significado concreto de las políticas aplicadas, más allá de los enunciados discursivos. El espíritu del libro no es contemplativo; está inspirado en la búsqueda del cambio social. Por ello se interesa en las concepciones políticas, así como en las instituciones u organizaciones que le son concomitantes. El libro viene prologado por dos contundentes elogios: el de Osvaldo Bayer sobre su contenido y el de Carlos Chile sobre el espíritu de su autoría. Aquí agregamos algunas reflexiones que se relacionan con su lectura.

Formas y contenidos de la democracia actual ¿Cuánto de real tiene nuestra democracia?

La serie de gobiernos constitucionales iniciada el 10 de diciembre de 1983, surgidos del voto universal, sin fraudes y sin proscriptos, es la más larga de la historia argentina. Este inestimable logro civilizatorio no significó sin embargo el fin de la inestabilidad política y la irregularidad institucional: se inició con el gobierno de Alfonsín, que no terminó su mandato, sucedido por el ciclo de Menem, que duró anómalamente diez años, con una reforma constitucional a medida; siguió el gobierno de De la Rúa que apenas duró dos años; hubo luego una seguidilla de cinco presidentes en una semana que se estabilizó en Duhalde, quien completó el turno que De la Rúa no pudo terminar, a pesar de ser precisamente Duhalde el derrotado en las elecciones para ese mandato. Finalmente, fuera de fecha, un 25 de mayo, se inició un ciclo que parece finalizará luego de más de 12 años, consistente en transmutar la no reelección de la Constitución en la alternancia presidencial de los dos miembros de una pareja matrimonial.

Con todo, este deslucido movimiento de las formas democráticas es apenas uno de los síntomas de una contradicción profunda y esencial, que tiene manifestaciones aun mucho más graves. Se trata del contenido de la democracia, como “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, como expresión del interés mayoritario, la promoción de la equidad social.

¿Ha de decirse que los pobres y menos pudientes -gran mayoría de la población- han votado por el desmedro de su situación y a favor del mayor brillo y opulencia de las minorías ricas? Sin embargo, ése fue el resultado, según nos indica este número estadístico, que Fuchs extrae de la propia encuesta permanente de hogares del INDEC:

En 1980, el 10% de la población de mayores ingresos recibía 11,9 veces más que el 10% más pobre. En 2004, esa relación se había elevado a 31,7 veces, pero en 2006, en pleno auge del “modelo” kirchnerista, presunto atenuador de desigualdades, todavía subía a 35 veces.

Así como se lee. En democracia, la desigualdad social se triplicó.

¿En qué estratósfera podría afirmarse esa soberanía popular que llamamos democracia, si la misma soberanía nacional se desvanece? ¿Es posible que el pueblo haya votado la desnacionalización de la economía?

Sin embargo, esa desnacionalización se verifica en el nodal sector de las primeras 500 empresas, que Fuchs reporta desde la propia Encuesta Nacional a las Grandes Empresas del INDEC:

En 1993 había 280 empresas nacionales; en 2010 quedaban 176. Las extranjeras, que en 1993 sumaban 220, en 2010 llegaban a 324. La mayoría empresaria nacional se convirtió en una holgada mayoría, pero extranjera. Y estos guarismos empeoran sensiblemente el perfil apátrida de nuestro gran capital en cuanto se tiene en cuenta el nivel de la facturación de unos y otros.

Ideologías y realidades

Como se ve, la independencia económica y la justicia social, han rodado a contramano de las banderas que hegemonizaron los sueños proletarios desde 1943 hasta aquí.

Pero a los sectores populares más afines al sueño americano, la pretensión de prosperar desde la pequeño burguesía resultó una temeridad fatal: nos indica Fuchs que en 1980, el 32% de la población económicamente activa eran burgueses de distinto tamaño. Fueron diezmados. En 2007 ese sector se había jibarizado hasta el 24%, con el agravante de que su inmensa mayoría está constituida por su caricatura: cuentapropistas, entre los cuales lo que abunda es el ingreso minúsculo y la desocupación encubierta. Esto que parece un fracaso institucional y de las ilusiones que guían el esfuerzo social mayoritario, juega sin embargo, al amparo de la ideología dominante, como la noche dando majestuosidad a la luminaria de las minorías ricas y sus negocios. Muchos fracasaron, pero algunos han triunfado. Gloria y loor para los elegidos. La elite de las 500 primeras empresas han subido sus ganancias hasta casi triplicar en tiempos kirchneristas los ostentosos réditos del tiempo de oro neoliberal. Que la corrupción de los políticos no se atreva a mancillar el inmaculado brillo del empresario exitoso, es una consigna mayoritaria en el universo del voto sensible a estas abstracciones.

Las ideologías y el poder

Los ojos de la razón se han cerrado y el mundo sigue andando, diría el tango.

Este descalabro de las instituciones y las ideas no conduce al caos, al contrario: es el modo en que se regla el orden social en que nos toca vivir.

¿Es tan extraño esto, después de todo? ¿No funcionó el feudalismo durante siglos sobre el absurdo del origen divino de los reyes? ¿La dogmática de la iglesia, reducida a las cenizas del ridículo por Voltaire, no fue la cúspide espiritual que contuvo entonces a la ascendente burguesía?

Sin embargo, hoy no se podría inmovilizar a la sociedad alrededor de una superchería dogmática. En el capitalismo, el oscurantismo se abre paso de un modo distinto, solapado, tras una apariencia de pluralidad de pensamiento y exuberante ejercicio de la oposición de ideas.

El capitalismo y su incomparable dinámica respecto a las formaciones sociales anteriores, dio expansión desde los albores del siglo XIX a la idea de la evolución y legitimó la evolución de las ideas como un hecho aceptado y natural. Esto ha desarrollado socialmente el sentido de la crítica como nunca antes en la historia y el prestigio del rol de la crítica se ha vuelto ya una fuerza incontrastable e irreprimible. Del mismo modo, el capitalismo y su turbulenta existencia no pueden obtener consenso social a partir de su idealización como orden social. Tampoco puede disciplinar la sociedad con un ordenamiento jurídico coherente y estable. La violación de la legalidad es un componente indispensable del funcionamiento capitalista, a despecho de la mítica existencia de los países serios. El documental “América: de la libertad al fascismo” de Aarón Russo, por caso muestra la ilegalidad del origen y el funcionamiento de la Reserva Federal de los EEUU, elemento clave de la virtual dictadura que el poder financiero ejerce a escala global.

La crítica social

La dominación burguesa, en cuanto se ejerce por las ideas, es una dinámica y alternancia de ideologías contrapuestas (liberalismo - nacionalismo, democratismo - fascismo, progresismo - conservadorismo, racismo - antidiscriminación, etc.).

Excluyentes entre sí, se responsabilizan mutuamente por las frustraciones sociales; sin embargo coinciden en el no cuestionamiento de las relaciones de propiedad y los rasgos básicos del modo de producción capitalista y en esta coincidencia reside el secreto del mantenimiento del orden social bajo el aparente desorden de la alternancia de ideologías contradictorias.

Esas antinomias no son indiferentes al pueblo. No le es lo igual liberalismo o fascismo, por ejemplo. Pero a través de esas opciones y otros cuestionamientos que no lo afectan, el gran capital se monta sobre la necesidad social de la crítica y busca dirigirla. El mensaje mediático, por caso, es una continua exposición de hechos y valoraciones negativas.

Sin embargo, implícitamente, al no mencionar los verdaderos males profundos de la estructura social, esa aparente crítica social es, en realidad, una imagen edulcorada del funcionamiento capitalista. Si tomamos las denuncias por corrupción, éstas referirán a hechos menores que no involucran a intereses dominantes. Ciccone Calcográfica es una anécdota minúscula frente a la magnitud colosal que tienen los fraudes del endeudamiento público, que por sí mismos explicarían buena parte de la merma del desarrollo económico y humano del país; María Julia Alsogaray fue juzgada por gestión de asuntos corrientes, pero no por las privatizaciones de ENTEL y SOMISA; Menem fue procesado por la venta de armas, suceso que involucraba exclusivamente a entes estatales y no comprometía a grandes intereses privados, etc. No se crea que esto es una originalidad criolla: Al Capone fue preso no por lo que hizo, sino por evasión de impuestos. Estas denuncias, además de irrisorias frente a lo que realmente ocurre, olvidan que la corrupción tiene dos patas, los funcionarios corruptos, sí, pero ¿los intereses privados corruptores?. Éstos son prolijamente escamoteados a la conciencia social. Buscan que el descontento social se centralice “en los políticos” (que son cambiables) y dejen entre bambalinas el protagonismo real de las cúpulas empresariales y su responsabilidad en el curso de los acontecimientos ¿No le caben a estas dobleces del poder los versos de Sor Juana Inés de la Cruz?:

¿O cuál es más de culpar, aunque cualquier mal haga: la que peca por la paga o el que paga por pecar?

Ideología - Ciencia

Entre la percepción intuitiva de la realidad social y su constatación científica, suele haber diferencias fundamentales que sorprenden a la propia militancia política. Esto de una parte ocurre por la superioridad del método científico sobre el conocimiento librado a la simple intuición, y de otra porque el sentido común que orienta la visión espontánea de la realidad está especialmente condicionado por la superestructura ideológica y la información distraccionista que difunden las clases dominantes.

El libro de Fuchs abunda en toda clase de datos estadísticos de por sí elocuentes sobre el verdadero estado de nuestra estructura económica, y sobre la dirección en que esa estructura va evolucionando. El “modelo nacional y popular” no ha modificado, ni siquiera paliado, las históricas tendencias del capitalismo: concentración económica, desnacionalización, aumento de la brecha social, de la exclusión social, de la desocupación estructural y las crecientes proporciones en que el capital se dirige a la especulación.

Con la reunión de esa información, Fuchs demuestra que el argentino es un “un sistema capitalista firmemente controlado por empresas transnacionales asociadas con los capitales locales concentrados, en un proceso de dependencia que se denomina explotación imperialista, al que se suma la explotación de una burguesía terrateniente de viejo cuño que está estrechamente relacionada con aquellos.” Como toda estructura, no es una simple “acumulación de cosas” medibles en estadísticas, sino un conjunto de relaciones de producción que, como organización de la sociedad, implica la existencia de una superestructura a su medida, sin la cual no puede existir.

Por superestructura entendemos un sistema jurídico e institucional adecuado, organizaciones propias de los sectores dominantes, pero además el predominio de las ideas que la convalidan, en los ámbitos correspondientes, sobre política, economía, derecho, moral, estética, religión y filosofía.

Por eso, la vigencia y vitalidad de esa estructura de opresión también se mide por el estado ideológico de la sociedad, que no toma debida conciencia de su situación.

¿Es acaso posible poner esa estructura al servicio del interés “nacional y popular” o de una “gestión que se ocupe de los problemas de la gente”, como se ilusiona la mayoría? ¿La constante concentración del capital, la elevación continua de las ganancias de la gran empresa y la endémica fuga de capitales han sido contrarrestados en algún momento? ¿Por qué el aumento de la productividad ha ido en exclusivo beneficio de esos sectores, aumentando la tasa de explotación del trabajo respecto del mismísimo 2001? ¿No es al servicio de esa estructura que se llega al colmo de modificar el código civil, privatizando la justicia y permitiendo la jurisdicción extranjera, esto es la profusión de los jueces Griesa entrometiéndose en los asuntos argentinos, por imposición de los monopolios extranjeros en sus tratos privados en el país?

El trabajo realiza además un esfuerzo por referenciar metodológicamente la ley del valor y la teoría de la plusvalía desarrollados por Marx. Fuchs se remite a esas claves conceptuales porque superan la apariencia social de una utilidad que pertenece al capital, apariencia sobre la que se construye la ideología burguesa en todas sus variantes y que empuja a justificar la acumulación capitalista. Esta acumulación es el privilegio de clase fundamental de la sociedad presente, y su aceptación somete espiritualmente a las masas populares.

El imperialismo y las desviaciones ideológicas en el campo popular Entrevista de Aarón Russo con Nicholas Rockefeller

Una de las preocupaciones del libro de Fuchs refiere a las desviaciones que se operan en la parte del campo popular que asume una actitud de contestación. La superestructura ideológica de la sociedad capitalista abarca no solamente las variantes de pensamiento que la convalidan: se interna en el terreno mismo del cuestionamiento antisistema, que se contamina de quimeras reformistas, revolucionarismos estériles o fórmulas de antagonismo social que eluden la contradicción burguesía-proletariado como cuestión esencial.

Este tipo de planteos es naturalmente funcional a la conservación del statu quo, por lo que no puede extrañar que, sin dejar de ser espontáneos, reciban cierta luz verde y hasta un fomento disimulado pero efectivo desde el Estado o directamente desde sectores ligados al capital financiero.

Un ejemplo es el movimiento feminista. La lucha por la liberación femenina reconoce antecedentes lejanos. La Revolución Francesa, en su fase más radical, llegó a sancionar una ley matrimonial que acordaba plena igualdad de derechos entre los esposos; con el giro a la derecha -el termidor- esa ley fue derogada. El socialismo y el anarquismo contenían en su ideario la igualdad de género y la URSS, desde sus mismos comienzos se puso a la vanguardia del mundo, dando un enérgico impulso a la nivelación de derechos y protagonismo social de hombres y mujeres.

Pero en toda esa tradición, la igualdad de género se inscribía en una idea igualitaria general y la liberación de la mujer se consideraba parte de la gesta por la liberación humana. Por eso, la lucha por los derechos de la mujer marchó orgánicamente unida a la lucha por los derechos de los trabajadores.

El movimiento feminista, en cambio, opera contra una “sociedad machista” y se abstrae habitualmente del movimiento obrero, de la lucha por la democracia y las instancias de avance a una sociedad más justa. El resultado ha sido que la incorporación de la mujer al trabajo social empeoró la situación de los trabajadores en general y de las mujeres en particular.

En los tiempos de la familia tradicional, bastaba el salario del esposo para mantener el hogar. Actualmente, es muy frecuente que los hogares necesiten del trabajo de los dos miembros de la pareja para sostenerse, cosa absolutamente en línea con las leyes del capitalismo, puesto que el valor de la fuerza de trabajo no es otro que el costo de sostener un hogar: antes ese costo se concentraba en el salario del jefe de hogar, ahora esa suma se desdobla en los dos salarios de la pareja.

El destacado cineasta norteamericano Aarón Russo fue el autor del documental “América: de la libertad al fascismo” que puede verse en internet. En una entrevista que también se encuentra en la web, Russo refirió que la Fundación Rockefeller financió el movimiento feminista, en particular su promoción mediática. En palabras del cineasta, Nicholás Rockefeller mismo le informó sobre el hecho y los motivos: “Hay dos razones principales. Una de ellas fue que no podíamos poner impuestos a la mitad de la población antes de la liberación femenina y la segunda razón es que ahora podemos tener a los niños a una edad temprana, podemos adoctrinarlos a cómo pensar, lo que debería destruir su familia; los niños buscan al Estado como su familia, como la escuela, como los oficiales, no a los padres enseñándoles”.

En la entrevista se menciona que la líder feminista “Gloria Steinem, ahora, en uno de sus propios libros, admite que la CIA financió la Miss Magazine”, revista emblemática del feminismo norteamericano. Gloria Steinem estaba orgullosa, “la CIA me ayudó a ayudar a las mujeres”.

La incorporación de la mujer al trabajo social, conquista trascendente en la historia de la humanidad, se convierte en una maldición puesta al servicio de la superexplotación de la clase trabajadora, en particular de las mujeres, porque por razones culturales carga mayormente con el peso agobiante de sumar al trabajo social el trabajo doméstico. La solución no puede ser otra que la disminución del horario de trabajo para hombres y mujeres, sin baja del salario, para que puedan atender mejor el hogar y recuperar el contacto con los hijos y asegurar la supervivencia de la cultura en el sentido más amplio. La desidia con que los Estados tratan el tema de la educación es otra señal de que hay, desde hace décadas, una catástrofe cultural en marcha que goza cuanto menos del beneplácito de las clases dominantes, con obvios propósitos de control social.

La imprescindible disminución del horario de trabajo en salvaguardia de la cultura, interés del conjunto de los seres humanos, es al mismo tiempo una reivindicación a cargo centralmente del movimiento obrero.

En esta crucial cuestión, donde reaparece inevitable la clásica consigna de Rosa Luxemburgo, “Socialismo o Barbarie”, se aprecia que la historia sigue colocando a la clase obrera en el rol protagónico, como sujeto político universal, tal como lo recogió Marx del socialismo francés: “la clase obrera, al liberarse a sí misma, libera a toda la humanidad”.

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