jueves, 26 de febrero de 2015

La paz como objetivo de la inteligencia

Manuel E. Yepe (especial para ARGENPRESS.info)

Por las condiciones materiales superiores al resto de las naciones con que concluyó la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos tuvo la posibilidad de situarse al frente de un mundo de paz y justicia, verdaderamente globalizado y solidario. Pero las desmedidas ambiciones hegemónicas de la élite estadounidense de poder provocaron que se desperdiciara aquella coyuntura histórica y que los demás países del orbe perdieran la perspectiva de alcanzar esta utopía.

Si en vez de pretender el dominio total del planeta Estados Unidos hubiera propiciado la creación de un sistema de relaciones internacionales democrático y justo, podría haber compensado ante la historia una enorme deuda moral por los crímenes que su tenebrosa política exterior ha llevado a cabo desde los años finales del Siglo XIX, cuando la nación norteamericana asumió un carácter imperialista.

Al término de la Segunda Guerra Mundial, la élite de poder estadounidense pretendió dominar al mundo entero por la fuerza de su monopolio del arma atómica y desató a tal fin una peligrosísima carrera armamentista que aún tiene al planeta sentado sobre gigantescos barriles de pólvora y ojivas nucleares.

Modeló a base de imposiciones y tropelías un orden global injusto y desigual que ya no puede sostener sino por la fuerza de las armas. Ya sólo en el terreno militar es la cabeza del mundo y por eso anda promoviendo guerras preventivas, ocupaciones de países, bombardeos selectivos, desestabilización de gobiernos y constantes agresiones armadas, entre otras fechorías de las que no puede ser culpado el pueblo de esa nación que, como todos, ansía la paz.

Un gigantesco aparato mundial para la manipulación de los medios en Estados Unidos y globalmente, distribuye el “punto de vista estadounidense” por todo el planeta, creando las condiciones para que la opinión pública mundial “acepte” sus fechorías. Con esos formidables recursos de desinformación Estados Unidos pregona al mundo sus bonanzas, libertades, igualdades y sentimientos humanitarios. Se yergue en custodio y juez de los derechos civiles y políticos de los ciudadanos en los países del Tercer Mundo, mientras los pisotea cruelmente en su propio país y muy especialmente en los países contra los cuales libra o financia guerras que, en última instancia, tienen como propósito despojar de sus recursos naturales a las naciones agredidas.

La sistemática manipulación de los medios de comunicación en beneficio de los intereses del complejo militar-industrial de que son objeto los sistemas judicial, penitenciario y político en los Estados Unidos, contrasta con la presunción de objetividad con que sus representantes pretenden que se les reconozca como enjuiciadores del respeto a estos derechos en todo el mundo.

A partir de los aún no aclarados acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 – que ya muchos historiadores incluyen entre los pretextos que Estados Unidos ha fabricado antes para todas sus guerras (Maine, Lusitania, Pearl Harbor, Golfo de Tonkin y muchos más) – se ha multiplicado en Estados Unidos el número de personas que en ese país han visto cercenados sus derechos civiles y políticos por motivos que nada tienen que ver con faltas reales sino con aspectos relacionados con su filiación política, el color de su piel, su procedencia social o su condición migratoria.

Un precario balance de fuerzas en el mundo bipolar que vivió la humanidad después de la segunda guerra mundial evitó que el imperialismo estadounidense impusiera su hegemonía absoluta por todo el mundo a partir del chantaje nuclear que planteara con los bombardeos genocidas sobre Hiroshima y Nagasaki.

El capitalismo neoliberal, con su proclamación del mercado y no el ser humano como eje absoluto del funcionamiento de la sociedad, ha multiplicado la miseria y ampliado las desigualdades a escala universal.

Generador constante de crisis, el orden capitalista se vale de las asimetrías que provoca para descargar los calamitosos efectos de éstas sobre los trabajadores y las personas humildes del planeta.

Para controlar los recursos energéticos del planeta se utilizan, con absoluto irrespeto a la inteligencia humana, absurdos pretextos de lucha contra las drogas, el terrorismo, o supuestas violaciones de los derechos humanos, y se denigran aquellas naciones cuyos gobiernos no se someten incondicionalmente al dictado imperialista.

Hoy se invierten recursos financieros cada vez más cuantiosos en la creación de nuevas tecnologías de guerra y armas de destrucción masiva, sin que exista la menor justificación defensiva para ello en las condiciones del mundo de posguerra fría.

La Humanidad tiene hoy cultura y experiencia suficientes como para rechazar la idea de que la paz deba ser impuesta por las guerras. La paz puede y debe ser un objetivo consciente de la inteligencia y la solidaridad humanas.

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