martes, 3 de marzo de 2015

Arqueología de las balas

Carlos Del Frade (APE)

Cuatro muchachos fueron asesinados en otros tantos barrios rosarinos durante el miércoles 25 de febrero de 2015. La vida colectiva no pareció haberse alterado salvo el dolor inimaginable de sus seres queridos. Son las noticias las que obligan a preguntarse por qué, como decía Tomás Eloy Martínez, la muerte se ha convertido en lugar común en esta hermosa geografía de la Argentina.

“Tres homicidios en menos de 24 horas”, decía la volanta del diario “La Capital” en su edición impresa del jueves 26 de febrero. Antes de las 9 de la mañana, su versión original corregía el dato: cuatro asesinatos en el día anterior.

Walter Gustavo Sosa tenía cuarenta años y estaba desesperado por comprarles los útiles a sus cinco hijos y por eso aceptó el puesto de sereno en una obra en construcción en Fisherton, oeste rosarino. Lo mataron de un escopetazo.

Santiago Silvestre Aguirre, con solamente 27 años, fue encontrado asesinado en la zona norte de la ciudad, entre los árboles del Parque Alem. Tenía antecedentes por varios robos.

Leonel Carlos Zalazar, de veinte años, fue fusilado. Le tiraron una docena de balas, nueve de ellas le robaron la vida en un pasillo de barrio Tablada. Los vecinos decían, según las crónicas: “Saquen a la policía, que vuelva Gendarmería”.

Leonel Fernández apenas vivió veintiún años. Lo mataron de cuatro balazos muy cerca de la plaza del barrio Las Flores, en Flor de Nácar y Rosa Silvestre, zona sur de la cuna de la bandera.

Cuatro asesinatos en Rosario durante el día del cumpleaños oficial de San Martín, el 25 de febrero. Tres de ellos menores de treinta años. Aunque no existen precisiones, las crónicas periodísticas describen la precariedad laboral de los cuatro. 46 crímenes en los primeros 56 días del año.

Fisherton, Arroyito, Tablada y Las Flores, los cuatro barrios en cuestión, no tienen nada que ver con los que, en algún momento, atrajeron a los padres de esos muchachos. En los años setenta y ochenta, cada uno de ellos era un lugar de trabajo, industrial y comercial. Los 90 arrasaron con esas fuentes laborales cercanas. Construyeron un agujero negro. Ni siquiera hubo palabras para explicar esa falta de lugares materiales que servían para construir un proyecto de vida desde el trabajo y el dinero.

La evolución del capitalismo no se detuvo: la devastación de la ex ciudad obrera, industrial, ferroviaria y portuaria fue el prólogo de la nueva forma de acumulación de dinero, fresca e ilegal, armas y drogas. Y en forma paralela, el boom sojero, el boom de la construcción y el boom turístico. También por los mismos años surgen los números del exilio de las chicas y los chicos de las escuelas secundarias.

Si no se tiene con qué vivir, se tiene con qué morir.

Así funciona el principio de la partida doble en la existencia colectiva.

Las muertes violentas no parecen ser otra cosa que las consecuencias de la vida violentada.

He allí nuestro drama, los pibes mueren muy antes de tiempo.

Y no es humano, no es natural que los padres despidamos a nuestras hijas, a nuestros hijos.

Pero también está la esperanza que, por supuesto, viene de abajo, desde lo profundo donde amanecen los más fuertes amores y dolores. En estos días, el carnaval de Pocho Lepratti es una fenomenal postal de resistencia y esperanza de nuestro pueblo. Desde las entrañas de barrio Ludueña, chicas y chicos se asoman a la plaza y la pueblan de colores, banderas, bailes en pase de murgas, mientras sus mamás ponen tablones para vender sus producciones que van desde canelones a frutas, tortas asadas y choripanes y ropas variadas. Fiesta surgida del amor y el dolor de aquellas víctimas de diciembre de 2001, asesinadas por la policía de Carlos Reutemann. Mientras tanto, los familiares de aquellos fusilados siguen sin cobrar indemnización y muchos de ellos no tienen trabajo estable, como nos cuenta May, la esposa de Rubén Pereyra. Y a pesar de tantas impunidades, organizaciones sociales y familias insisten en un camino de dignidad desde abajo porque saben que los grandes negociados mafiosos vienen desde arriba. Una dignidad que quiere transformar la lógica de las balas y la muerte como lugares comunes por la esperanza y la alegría como geografía para los más pibes.

Fuentes: Diarios “La Capital”, “Rosario/12” y “El Ciudadano”, jueves 26 de febrero de 2015; y entrevistas propias del autor de esta nota.

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